Por: José Fernando Isaza

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Los malos resultados de la calidad educativa básica y media colombiana, medida por las pruebas Pisa, están activando las alarmas y la búsqueda de soluciones para mejorar la enseñanza.

 Antes de las pruebas sistematizadas Pisa, Naciones Unidas realizaba comparaciones internacionales: en los años 90, Colombia ocupó el deshonroso penúltimo lugar, sólo superando a Sudáfrica. En ese entonces se oyeron propuestas tan “creativas” como prohibir futuras participaciones. Mediciones posteriores mostraron un avance debido a buenas prácticas regionales: se encontró que la metodología de “escuela nueva” liderada por Vicky Colbert en la zona cafetera y la prioridad educativa de las alcaldías de Mockus y Peñalosa explicaban el ascenso.

No se volvieron a realizar estas pruebas, o Colombia no volvió a participar, hasta cuando se reanudó la presencia del país en las pruebas Pisa.

El crecimiento económico no depende sólo del aumento del número de años de escolaridad. La calidad es un factor de mayor significación. Un año de educación adicional genera resultados diferentes dependiendo del país. Wossmann muestra que un aumento de una desviación estándar en calidad educativa puede explicar un crecimiento adicional del 1% del PIB (ANIF, 2008).

En los años 1970-1980, las políticas educativas se concentraban en mejorar la infraestructura física de los colegios públicos. Con Fecode se discutía poco sobre calidad, ya que las negociaciones se concentraban en salarios: los gobiernos preferían subir poco los salarios, pues generaban costos durante su administración, pero sí mejorar las condiciones de jubilación, que pagarían los futuros gobiernos. Los salarios no competitivos se compensaban con jubilaciones tempranas, similares a los oficios de alto riesgo.

Múltiples análisis se realizaron para explicar los pobres resultados académicos: poca preparación de los maestros, falta de dedicación de los estudiantes, bajo gasto en educación, jornadas escolares cortas y prolongadas vacaciones, etc. Estos factores, sin embargo, no explican significativamente los resultados. A. Gaviria, analizando situaciones familiares, nivel de educación de los padres, especialmente de la madre, existencia de libros en la casa, lugares de estudio o computadores personales, ingresos familiares, etc., encuentra que estos factores tienen un mayor peso en los resultados. Se oyeron voces de aplicar políticas de “acción positiva” y créditos de Icetex no sólo a los “buenos estudiantes” sino a los “malos”, que no lo eran por responsabilidad propia. Poca acogida han tenido y esto hace que la educación no tenga tanto impacto en la movilidad social. Hoy, gracias a los estudios de la Fundación Compartir, se ha redescubierto el papel del maestro. Se propone atraer a los mejores estudiantes a esta profesión con estímulos salariales y reconocimiento social. Estudios realizados en el pasado por ANIF muestran que esto no es suficiente, porque los “buenos profesores” sólo lograron que el 31% de los estudiantes tuviera resultados buenos, y los “malos profesores” lograban este resultado con el 28% de los estudiantes.

En el momento de pensar en los contenidos educativos, la reducción de la enseñanza de las humanidades, de la historia, definir la enseñanza de las matemáticas y la ciencia, sólo por su valor “útil” y no por el desarrollo del intelecto, no ha producido resultados económicos ni académicos.

 

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