Por: Gonzalo Silva Rivas
Notas al vuelo

Conteo regresivo

En materia de movilidad eficiente, segura y económica, los antioqueños le siguen dando ejemplo al país. A la gama de proyectos de conectividad con vías 4G, que por $17 billones adelanta el departamento, se suma el recién inaugurado túnel de Oriente, una obra de infraestructura sostenible, innovadora y respetuosa del medio ambiente, que impactará de manera positiva en la actividad turística, en la competitividad y en el desarrollo económico y social de la región.

El túnel de Oriente se materializa después de varios años de receso, gracias al trabajo conjunto entre Gobernación y Alcaldía; y por su funcionalidad y calidad en el diseño, reivindica la imagen de la ingeniería colombiana, tan golpeada en los últimos tiempos. Es un proyecto futurista, poco común en un país miope que lleva más de tres décadas de rezago en su infraestructura y en el que se evidencia incapacidad para emprender proyectos grandes y ambiciosos.

La obra, con la que se reduce a 18 minutos el tiempo de viaje entre el casco urbano de Medellín y su principal aeropuerto, el José María Córdova, localizado en el municipio de Rionegro, incluye 23,2 kilómetros de vías bidireccionales; 4,5 kilómetros a cielo abierto, 2,5 kilómetros de puentes y viaductos, y tres túneles, siendo el de Santa Elena, de 8,3 kilómetros, el más largo del continente.

Pero por encima de sus dimensiones y de su magnitud, la noticia que destaca es que una vez reiniciada su construcción se realizó dentro de los plazos de tiempo establecidos y su costo, de $1,1 billones, se ajustó a la cifra inicialmente prevista. Algo poco visto en este país. Es de las pocas estructuras levantadas sin sobrecostos, ceñida a los principios rectores de la planeación y la excelencia, en la que la corrupción, al parecer, quedó por fuera.

Para la capital antioqueña el túnel representará un sustancial aporte en materia de conectividad vial, y aunque la ciudad todavía tiene camino por recorrer para codearse con las grandes metrópolis del mundo, mantiene liderazgo en Colombia. Si bien su infraestructura vial es aceptable pero insuficiente, posee dos líneas de metro, cinco metrocables, escaleras eléctricas en la comuna 13 y más de 50 kilómetros de ciclorrutas.

La Ciudad de la Eterna Primavera ha impuesto la pauta en la construcción de megaobras y no obstante los cambios de administración que suelen ser freno para la continuidad y celeridad de muchos de proyectos como sucede en todas las ciudades colombianas, es allí donde se tiene una cultura de gestión pública más coordinada y planificada.

Medellín inauguró en 1985 el aeropuerto José María Córdova, el primero del país con corte moderno y características internacionales, en su tiempo motivo de fuertes controversias por el retraso en su construcción, su elevada inversión $14.000 millones, el doble de lo programado y las potenciales limitaciones técnicas que generaba su ubicación en una zona de difícil topografía y complejas condiciones atmosféricas.

Desde ese entonces se empezó a hablar de la construcción del largo túnel que lo uniría a la ciudad e incluso se abrió licitación, declarada desierta un año después. Las diferencias políticas de los siguientes gobernantes terminaron por suspender el proyecto, revivido en 2008, pero otra vez congelado hasta cuando las actuales administraciones local y regional se apartaron de sus rivalidades para comprometer un frente común y darle el empujón definitivo.

Caso contrario a Bogotá, donde las rivalidades y excentricidades políticas han sido su principal problema histórico. Los alcaldes entrantes borran el pizarrón de sus antecesores; desechan sus proyectos, sin importar el nivel de avance; se enfocan en obras no siempre prioritarias o sin estudios, y asumen cierta complicidad en el retraso de construcciones que cargan el lastre de los sobrecostos o, como elefantes blancos, quedan sin terminar.

La pasada administración, pese a tener asegurados los recursos del Gobierno Nacional, abortó la ampliación en 1,8 kilómetros de la troncal de Transmilenio hasta el aeropuerto Eldorado, localizado a 15 kilómetros del centro de la ciudad y a donde desplazarse es una completa odisea por la cotidiana congestión vial.

La movilidad en la capital es un desastre. El alcalde Peñalosa desbarató el proyecto de metro subterráneo dejado por su antecesor para embarcarse en su propia propuesta y se desmontó del tren de la sabana, o Regiotram, impulsado por el gobernador de Cundinamarca. La red vial no crece, las vías públicas se mantienen deterioradas y colapsadas, la operación del Transmilenio deja mucho que desear, el SITP continúa siendo una bomba de tiempo y la primera línea del metro no sale a licitación.

Mientras los antioqueños celebran la inauguración del portentoso túnel que une a Medellín con su aeropuerto, los bogotanos aplaudimos el premio de consolación. Esa misma semana, en el centro de la ciudad, se instaló el primer semáforo con conteo regresivo, novedad que marcó tendencia en redes sociales, pero que también registra que la administración se agota para el alcalde Peñalosa y su secretario, sin mostrar resultados sobre el serio problema de movilidad que golpea a la capital y disuade al turismo.

A pocos meses de entregar su cargo, el burgomaestre cuya popularidad baja como por entre un túnel entró en conteo regresivo y con el semáforo en rojo. 

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@Gsilvar5

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