Por: Eduardo Sarmiento

Contexto externo adverso

La evolución de la economía mundial no favorece a América Latina.

La caída de los precios del petróleo y la intervención primero de Estados Unidos y ahora de Europa, en la relajación cuantitativa (QE), deja la región expuesta a un cuantioso déficit en cuenta corriente que introducirá inestabilidades y tensiones recesivas.

El tipo de cambio flexible constituye el corazón del orden económico mundial de bancos centrales autónomos y balance fiscal. En general, se considera que la modalidad separa la actividad real y el comercio internacional. Así, el aumento del déficit en cuenta corriente producido por un choque externo ocasiona una reducción de divisas y una depreciación que retorna la economía a la posición anterior.

La caída libre de Estados Unidos en 2008, las recaídas de Europa en 2010 y 2014, y el retroceso de América Latina en el último año y medio revelan una realidad distinta. Las economías que han acumulado déficits durante años no están en capacidad de ajustarse fácilmente a un choque de reducción de divisas. Las economías se ven abocadas a excesos de ahorro y crisis de balanza de pagos que reducen el crecimiento y deterioran el salario. La globalización hizo aguas. Terminó en una abierta confrontación para reducir los déficits en cuenta corriente, y como todos no lo pueden lograr, se configuró un desequilibrio mundial que coloca a algunos países ante faltantes infinanciables de recursos externos.

El primero en quebrar el acuerdo mundial de tasas flotantes fue Estados Unidos, con el relajamiento cuantitativo (QE). El mecanismo se presentó como un instrumento de política monetaria para regular el gasto interno bajo condiciones de tasas de interés cero, pero en realidad se trata de un medio bien conocido para aumentar la oferta de dólares y devaluar la moneda. Mal puede decirse que no afecta, o afecta muy poco, al resto del mundo. La devaluación del dólar contribuyó a reducir el déficit en cuenta corriente de Estados Unidos a la mitad entre 2008 y 2014, y tuvo la clara responsabilidad en los cuantiosos déficits de los países del sur de Europa, que los precipitó en recesión y tasas de desempleo de más del 20%. Asimismo, en América Latina estuvo acompañada de la revaluación de las monedas y la entrada masiva de inversión extranjera que constituyeron el caldo de cultivo para la recesión y el estancamiento.

El Banco Central Europeo anunció la aplicación inmediata del QE. La medida es totalmente extemporánea. El drama de Europa es que no ha logrado conciliar el balance externo y la reactivación; lo uno se consigue a cambio de lo otro. En el último año y medio, la prioridad de las autoridades económicas, y en particular la de los países periféricos, ha sido una monumental represión para bajar los salarios y equilibrar las balanzas de pagos. En la actualidad, todos los países, con excepción de Francia, registran superávits en la cuenta corriente y revelan síntomas de deflación. Así las cosas, el QE vendría a acentuar los ajustes de salarios y de balanza de pagos, que ya son excesivos, cuando la solución obvia es una ampliación del déficit fiscal, en particular en Alemania, para aumentar la demanda. Al mismo tiempo, agravaría los desbalances externos de América Latina ocasionados por las revaluaciones del pasado y la caída de los precios de los productos básicos.

Es hora de que los países de la región entiendan que sus dificultades tienen un alto contenido común determinado por un orden económico internacional donde los países poderosos intervienen los tipos de cambio, aplican elevados subsidios a la agricultura y establecen severos regímenes de patentes. Quiérase o no, se requiere una acción conjunta para modificar los regímenes cambiarios, regular la inversión extranjera, adoptar un régimen coordinado de aranceles, renegociar los acuerdos del libre comercio y avanzar en políticas industriales y agrícolas integradas.

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