Por: Eduardo Barajas Sandoval

Contra el entusiasmo de la guerra

Los entusiastas de la guerra deben estar excitados. Los pueblos de Israel y de Irán no necesariamente lo estarán. Las demostraciones de fuerza militar, y la escalada reciente de declaraciones, suficientemente fuertes, de parte de sus gobiernos, podrían ser el preámbulo de los episodios finales de un proceso de altercados que lleva varios años y amenaza con convertirse en una verdadera catástrofe no sólo para ellos sino para el mundo entero.

Israel e Irán fueron cercanos, o por lo menos respetuosos el uno del otro hace unas décadas.  De hecho existía un reconocimiento político mutuo. De alguna manera les unían intereses como el residir y sobrevivir en el vecindario del mundo árabe, sin mezclarse con él y manteniendo sus fronteras culturales. La cooperación de entonces llegó a contemplar el desarrollo de programas científico-militares conjuntos, como lo fue el de la cohetería. Curiosamente el arma que ahora saldría a relucir.

Sin perjuicio de altibajos anteriores, con el triunfo de la Revolución Islámica, la precaria comunidad de intereses israelo-iraníes desapareció. Los nuevos líderes de Teherán no reconocen siquiera el derecho a la existencia del Estado de Israel y consideran que parte de la misión internacional que se les ha asignado es la de la borrar del mapa lo que denominan despectiva y simplemente un estado zionista. Israel, acostumbrado a todo tipo de confrontación, ha respondido como corresponde. El recelo se convirtió en agresividad verbal. Los gestos de animadversión se multiplicaron. Las posiciones intransigentes se fueron abriendo paso. Al punto que hace varios años se habla con familiaridad inaudita de la eventualidad de una guerra.

En pocos casos, como en este, está demostrado que las posturas radicales sólo provocan respuestas de la  misma índole. Por eso no es extraño que ante las ambivalencias del programa nuclear iraní, y luego de las demostraciones espectaculares de fuerza que representan los recientes lanzamientos de misiles de alcance suficiente para llegar a Israel, éste haya respondido que no se muere de miedo y que está listo a responder en especie cualquier agresión.

En la medida que Irán insiste en su desarrollo nuclear, y sobre todo en cuanto no atiende ni se inmuta por los términos en los que las instituciones internacionales o las potencias occidentales tratan de persuadirlo para que lo abandone, aumenta la prevención en Washington y otras capitales y se alimentan los preparativos para tratar el asunto no ya por las vías de las reconvenciones sino en ejercicio de lo que tanto gusta a los guerreristas, es decir la acción preventiva.

Incluido tempranamente en la lista breve del famoso eje del mal, Irán no encuentra fácilmente creíble su argumento del interés por desarrollar un programa nuclear de índole pacífica. Los discursos de sus líderes sólo ayudan en la dirección de la confrontación. Y esto refuerza las posturas de los radicales occidentales que estiman que están dadas ya las circunstancias para que alguien se ocupe, por la fuerza, de detener el programa nuclear iraní.

No se sabe si el tratamiento del problema de Irán vaya a ser el primero del que tenga que ocuparse el nuevo Presidente de los Estados Unidos, o si será el último del Presidente Bush. Todo depende de los resultados de las próximas elecciones. Si ganan los republicanos se supone que sucedería lo primero. Si vence Obama, lo segundo.

Muchos consideran que, tal como sucedió hace años con el reactor iraquí Osirak, Israel sería el encargado de llevar a cabo la primera operación quirúrgica al destruir, o tratar de destruir, las instalaciones nucleares de Irán.  Entonces el desarrollo del drama podría ser más o menos como sigue: Irán respondería de inmediato, con sus cohetes cargados de Dios sabe qué, y atacaría a Israel; éste podría reaccionar de cualquier manera, pero en todo caso con tremenda contundencia; y si no lo hiciera Israel no hay que descontar que lo harían los propios Estados Unidos, para mantener el rango de jefe de disciplina que precariamente ha querido reivindicar George Bush. Lo grave es que lo hiciera con armas de la mayor contundencia, para no meterse otra vez en un conflicto interminable. En todo caso, lo que siguiera, resulta difícil de imaginar.

Todavía es tiempo de evitar que una pesadilla de esas proporciones, y de consecuencias fatales inmediatas para los pueblos de Israel y de Irán, se pueda desatar. El mundo tardaría más de lo que cualquiera pueda pensar en salir del trámite de un problema justo allí y con esos actores.  Mohamed El Baradei, Premio Nobel de la Paz, al frente de la Agencia Internacional de Energía Atómica, tiene mucho por hacer. Hay que apoyar su trabajo y todas las acciones diplomáticas que busquen distensionar la situación. Al entusiasmo de la guerra hay que oponer el entusiasmo por la paz.

edubaras@yahoo.com

 

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