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hace 3 horas
Por: Piedad Bonnett

Contra la caverna

Uno de los argumentos que han usado los que no creen en el proceso de paz es que su logro nos conducirá al “castro-chavismo”.

Se refieren, creo, a que Santos entregaría el país a la izquierda recalcitrante y anacrónica que personifican las Farc, que terminarían por instaurar un gobierno autoritario de corte populista que arrasaría con las libertades individuales. El argumento da risa, conociendo como conocemos el miedo que siempre han tenido las clases dominantes a todo lo que suene a democratización verdadera, a reformas que nos lleven a ser una sociedad más igualitaria. Prueba de ello es la desmesura de la reacción del establecimiento frente a ciertas medidas de Petro. Tan poco “castro-chavistas” serán las consecuencias de las conversaciones de La Habana, que un poderoso grupo de empresarios acaba de firmar un documento que las apoya: ellos creen, con razón, y como bien lo señala el estudio del Cerac y el Pnud, que la paz nos beneficiará económicamente a todos, y no se les ocurre que esa paz vaya a tocar sus privilegios.

En cambio un gobierno manipulado por Uribe, como sería el de Zuluaga, sí tendría muchos de los rasgos de un gobierno populista autoritario y violento como el de Chávez. Es más, ya los tuvo. ¿O es que ya nos olvidamos de Uribe actuando como un gamonal de pueblo en los consejos comunitarios, señalando a sus enemigos o pidiéndole al militar o al político de turno que arregle los “asunticos” que se iban presentando? Arbitrariedad, autoritarismo y populismo de derecha estuvieron siempre juntos en sus ocho años de gobierno. Y es así, como caprichos de dictadorzuelo, que se explica que “a dedo” haya nombrado gestor de paz a Rodrigo Granda, liberado a Karina y a Olivo Saldaña y extraditado a los paramilitares que antes había llevado al Congreso, para que se fueran con sus secretos lejos de aquí, entre muchas otras decisiones.

Álvaro Uribe, el titiritero que está detrás de Zuluaga, tiene talante de caudillo y por eso William Ospina, un romántico, se decide por él. William confiesa —pero ya lo sabíamos— que es partidario de Chávez, de Correa, de Evo, de Rousseff, de Mujica. Lo que William pasa por alto es que mucho va de Mujica a Chávez y de Rousseff a Evo: los matices aquí son importantes. Y también que el caudillismo decimonónico de Uribe defiende a ultranza los intereses de los terratenientes, y que en este y en muchos otros sentidos, representa un país pre-moderno. Uribe, como Chávez, es camorrero, insidioso, y actúa llevado por la soberbia y el resentimiento. Sólo que mientras la revancha del venezolano era contra una clase social, la de Uribe es personal —contra los asesinos de su padre— y hoy se extiende, con tono furibundo, a todo aquel que considera su enemigo, comenzando por Santos.

Uribe y su rebaño, como el propio Zuluaga, representan la caverna: la beatería y el ultraconservadurismo, el irrespeto por las minorías y por el pensamiento diferente y el desdén por la legalidad. Pero también la politiquería, la corrupción, el cinismo, el lenguaje violento, la utilización de la mentira, la falta de escrúpulos. La objeción contra el Centro Democrático es, sobre todo, ética. Y por eso debemos votar por Santos, aunque no sea el líder que de verdad queremos.

 

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