Por: Armando Montenegro

Contra la complacencia

En las últimas semanas, afortunadamente, se han escuchado algunas voces inconformes con la complacencia más o menos generalizada sobre el estado de algunas cosas de la economía en Colombia.

Por ejemplo, quienes no se resignan a que la economía colombiana se convierta en una fotocopia de la de Venezuela —primaria, extractiva y rentística— insisten en la necesidad de defender la diversificación de la base productiva y, en materia de políticas públicas, ponen de presente lo que ha hecho Brasil en los últimos tiempos. Como dicho país no se conforma con el daño permanente que la revaluación causa a sus exportaciones industriales y agrícolas, realizó un ajuste fiscal significativo (se comprometió con un superávit primario de más del 3% del PIB), lo que le permitió al banco central reducir la tasa de interés de intervención (de esta forma, les restó atractivo a los ingresos de capitales). Y, en el campo de la rentabilidad de las empresas, se eliminaron los parafiscales de las firmas exportadoras, de manera tal que el costo fiscal fue compensado por medio de otros tributos.

Quienes entienden bien la naturaleza de los parafiscales saben que estos tributos incentivan la desindustrialización del país. Es por esta razón que una economía que quiere jugar en los escenarios mundiales debe eliminar estas cargas, tal como lo hizo la chilena desde hace décadas. Eso es, precisamente, lo que Colombia no ha querido hacer.

Quienes plantean con seriedad la necesidad de lograr la formalización laboral y la reducción del desempleo también, sin excepción, proponen la eliminación de los parafiscales (los programas de apoyo a la infancia y la formación para el trabajo deben ser financiados con impuestos generales que no dañen el mercado laboral). El plan reciente de Obama para crear empleo se concentra precisamente en la reducción de los impuestos a la nómina.

Quienes entienden de estos temas saben que es un contrasentido hablar de formalización laboral al tiempo que se mantienen los parafiscales.

Fedesarrollo, en un estudio cuya versión saldrá pronto al público, ha estimado, a través de un modelo sofisticado, todo lo que ganaría el país si se libera de las principales distorsiones tributarias, es decir, si se eliminan los parafiscales, se rebajan los aranceles a un nivel razonable y se reforman varios impuestos antitécnicos y mal diseñados (el impuesto de renta, el IVA, entre otros). Los resultados de sus estimaciones, aunque esperados, sorprenden por su magnitud: el crecimiento de la economía se elevaría del promedio de hoy, de cerca del 4,5% por año, en un 1,6% adicional. Y, más importante aún, el desempleo podría bajar en forma permanente en cerca de tres puntos porcentuales.

Dicho de otra manera, mantener los parafiscales, los aranceles elevados y los impuestos antitécnicos tiene un costo enorme en términos de crecimiento, pobreza y empleo. Esto es lo que la sociedad colombiana debe pagar para mantener los privilegios de quienes impiden obstinadamente las reformas que necesita el país.

Si Colombia quisiera modernizar aceleradamente su economía, debería hacer a un lado la complacencia, la conformidad y las cataratas de autoelogios. En ese momento, con los ojos abiertos, optaría por una agenda que busque, además de eliminar las distorsiones tributarias, transformar la salud, las pensiones, la educación y la infraestructura.

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