Por: Santiago Villa

Contra la esperanza

Friedrich Nietzsche tenía una lectura alterna del mito de la caja de Pandora: “La esperanza, en realidad, es el peor de los males, porque prolonga el tormento humano”. En mi columna anterior concluí que no veo el fin del conflicto armado colombiano al corto plazo y quizás también al mediano, no solo porque las soluciones a él no dependen enteramente de Colombia (como legalizar la exportación de cocaína colombiana), sino porque no hay forma de solucionar por lo pronto algunos problemas endémicos del conflicto, como la demanda a buenos precios de productos agrícolas colombianos, la corrupción, la inexistente infraestructura rural y la quebradiza geografía de nuestro país.

Esa opinión me valió algunas críticas, que por cierto son siempre bienvenidas. Una en particular señalaba que mi discurso podía legitimar a líderes populistas de derecha -o de izquierda- que se presentaran como la salvación a estos problemas: que ante la desesperanza algún magno se alce como el único capaz de cortar el nudo gordiano. No lo veo así. No creo que la esperanza, o sus parientes, el autoengaño y el pensar con el deseo, sean el último bastión contra el populismo o la catástrofe.

Algo similar le sucedió al escritor americano Jonathan Franzen esta semana a causa de un artículo que publicó en The New Yorker. No pretendo compararme con Franzen -no soy tan delirante-, sino que, en su texto, Franzen dice que debemos aceptar que la humanidad no podrá evitar la catástrofe climática, y que superar los dos grados centígrados de calentamiento global, algo que el Panel Intergubernamental de Cambio Climático estima es algo así como abrir el primero sello del apocalipsis, es un futuro irremediable.

La pieza tiene problemas de análisis científico, así como en la mía no incluí la concentración de la tenencia de la tierra como uno de los problemas del conflicto, que habría tenido algo parecido a una solución a corto plazo si el Centro Democrático no la hubiese saboteado, pero el fondo del mensaje se sostiene. Creer que hay soluciones al alcance de la mano y que solo falta votar por el candidato adecuado para que las aplique no solo es falso, sino potencialmente peligroso.

No hay nada más fácil que echar un buen discurso. Cualquiera que haya leído y estudiado el tema puede enumerar las causas del conflicto y llenarse la boca con propuestas para solucionarlas. De eso se alimentan los electores, cuya responsabilidad democrática es votar por alguien que diga lo que buscan escuchar.

Pero dejemos de engañarnos. Si no se legalizan las drogas, no solo en Colombia sino en Europa y Estados Unidos, el conflicto no se va a acabar. Si no hay vías pavimentadas en las montañas de Colombia, el conflicto no se va a acabar. Si no hay empleo para los jóvenes en el campo, el conflicto no se va a acabar. No hay candidato que pueda chasquear los dedos y resolver ese tríptico fatídico. Ni siquiera el líder populista que tanto temen mis respetados contradictores.

Sentimos angustia ante los problemas que no podemos solucionar. Por eso el peligro de mi perspectiva, entiendo, es usar como bálsamo al cinismo y lanzar por la borda todo esfuerzo para un cambio. Es fácil eso de confundir la ausencia de esperanza con el cinismo.

El asunto es que sí es posible generar cambios positivos sin solucionar el problema. Hay que buscar caminos como el Proceso de Justicia y Paz y los Acuerdos de La Habana que, si bien no tenían un sólido componente de justicia, y tampoco eran “la paz estable y duradera” que Santos vendió, y mucho menos la solución estructural al conflicto en Colombia, era un necesario y fundamental alivio a la situación de violencia. A pesar de que el conflicto sigue, y regiones como el Cauca arden, estamos mucho mejor ahora que en 1999.

Por eso, sin esperar el cambio a la vuelta de la esquina y con la valentía de seguir adelante sin expectativas de ver la luz al final del túnel, hay que votar por el que diga menos burradas y parezca menos corrupto, denunciar al bandido, proteger la democracia como único sistema político que privilegia la dignidad del ser humano y, en fin, seguir adelante, a la carga, como uno de esos escuadrones de soldados que, en un clímax de sentimentalismo y violines en clave sol séptima mayor, se arrojan al combate sabiendo que nunca volverán. No podemos proceder de otra manera. Es un imperativo ético.

Twitter: @santiagovillach

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