Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Contra la guerra, literatura

Qué jóvenes y niños tan inteligentes. Leen, escriben, preguntan. Y no tragan entero, que es una consecuencia de haber estado interrogando al mundo, a su grande y pequeño universo de un corregimiento de Medellín, que tiene más pinta de pueblo grande: San Antonio de Prado. Con certidumbre, no irán a una guerra, y menos si está convocada para seguir poniendo a los de abajo como carne de cañón. Estudian en Colombia y, a diferencia seguro de las querencias de una atrabiliaria politiquera de este país, no se matarán por una patria boba.

Hay un programa de la Fiesta del Libro de Medellín que se llama “Adopta a un autor”. La primera vez que participé fui a un barrio alto (bueno, en esta ciudad de los aburraes casi todos los barrios son altos). Había un largo camino de flores y confetis, y los estudiantes habían leído dos o tres libros sobre los cuales fundamentaron sus interrogantes y discursos. Era el 3 de septiembre de 2014, cuando en un colegio de Enciso sonó la Marcha Triunfal de la ópera Aída, de Giuseppe Verdi, y una turbamulta estudiantil lanzaba pétalos de rosa y agitaba banderitas de papel de globo, con una textura muy parecida a las de las flores de las buganvilias.

Una de las preguntas que más recuerdo decía que “¿por qué si usted es tan extrovertido y sonriente, casi todas sus historias son tristes?”. Creo que les respondí que pertenecía a un país de agobios, de asesinos y mentirosos, de perversiones que casi siempre estaban escondidas en los palacios de gobierno, y así. En los años siguientes estuve en bibliotecas populares, en algún colegio de élite, en una acción comunal, en un colegio de barrio obrero.

Esta vez, en la entrada a un auditorio de techos altos, había una alfombra roja tachonada con flores de guayacán. Una muchacha, con uniforme a cuadros, blusa blanca, afinada y bonita, cantó canciones de la Nueva Ola y después, durante casi tres horas, llovieron las preguntas. Les había contado varias historias sobre Edgar Allan Poe, Kafka, Hemingway, la literatura colombiana, las editoriales universitarias, la Ilíada y la Odisea... Estaban interesados en saber sobre los tiempos en que la gente se reunía en las cocinas y en las salas solo a hablar (quizá a intercambiar mentiras).

El Colegio Empresarial, cooperativo y con contratos de cobertura educativa, tiene más de dos mil estudiantes. Me llamó la atención que los seleccionados para la tertulia, tal vez unos doscientos, demostraron su interés inusitado por los libros, por los problemas sociales, por la composición literaria. Se emocionaron hasta el asombro cuando les narré historias de Las mil y una noches, las mismas que hace años me contaban en casa, adaptadas por una mujer que era una maravillosa narradora oral.

Niños y adolescentes preguntando cómo se planea una novela, de dónde salen los personajes, qué es una crónica y cuáles son las diferencias con un cuento, cómo influyó el cine en la literatura y la literatura en el cine, acerca de los alcances de una columna de prensa o sobre la cada vez menos presencia del periodismo investigativo en Colombia.

No me digan que no es llamativo escuchar a un pelado de unos doce años decir que sobre todo lo que más ansía ahora es poder publicar un libro. Sus sueños dorados están conectados con la creación, con narrar, con contar historias. Tendrá que vivir y el tiempo le irá mostrando, lo irá puliendo, le abrirá los ojos para que estudie la naturaleza humana.

En una entrevista que por estos días le hicieron al veterano filósofo argentino Mario Bunge —en la que además de irse contra las pseudociencias propina una bofetada a los guerreristas—, el polémico pensador dice que hoy la verdad no interesa, solo importa el éxito. Algo así ya lo había preguntado en aquella charla de “Adopta a un autor” uno de los estudiantes. Ah, por cierto, Bunge propina un sablazo: “los recortes a los gastos científicos equivalen a recortes del cerebro y benefician solo a los políticos que medran con la ignorancia”.

La muchachada de San Antonio de Prado tenía tantas preguntas. El tiempo no alcanzó para que las formularan todas. Con las hechas se notó, digo yo, que tienen una inusual fundamentación sobre literatura, lengua materna, poesía, y aunque la enseñanza de la historia haya desaparecido en la práctica de los colegios y escuelas, poseen elementos para interpretar la sociedad y el mundo que les tocó vivir.

Así que la politiquera aludida al principio (como sus conmilitones y los jefes de ella) no encontrará eco a sus barrabasadas, en un colegio como el mencionado; no habrá oídos a los llamados a resolver los conflictos a través de la guerra, a la que, por lo demás, no van los hijos de los mandamases y dueños del país.

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