Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Contra la maternidad

Si la muerte está cargada de superstición —la luz al final del túnel, el Purgatorio…—, la vida no es la excepción. Uno de los mitos más poderosos en torno a ella es la maternidad.

No es extraño que las mujeres embarazadas sean miradas como tótems, budas ambulantes cuyo vientre se frota en actitud ritual.

“¡Ay, mamá!” —mantra universal tan manido como “¡Dios mío!”— es una suerte de invocación a un ser Todopoderoso.

El mito de la maternidad, edificado sobre la supuesta existencia de virtudes suprahumanas, se alimenta de ilusiones arcaicas aún vigentes, carentes de cualquier validez objetiva.

En Occidente, el cristianismo aporta dos propulsores del mito: predestinación y castidad. No bastaba con dejar a la Virgen sin la posibilidad de planear su vida, había que blindarla de todo lo demás, de sentimientos tan humanos como el deseo.

¿Sin pecado concebidas?

Las sociedades también han hecho lo suyo. Mientras la maternidad constituya un ascenso social (en Antioquia sí que es cierto), el embarazo adolescente no será desterrado. Niñas menores de 14 años seguirán pariendo, colmando de “orgullo” a sus familias y a sus violadores, quienes sin vergüenza social ni temor a la Ley las exhiben cual trofeo.

A través del olvido, la Evolución obra una sofisticada maniobra en las hembras humanas. A la mayoría nos cuesta recordar con precisión el alumbramiento, el corte del cordón umbilical, la “bajada de la leche”. La frágil evocación del dolor nos permite vencer el miedo… y repetir la faena con ilusión.

Milagro evolutivo (valga el oxímoron): la poderosa memoria del placer.

Cuando asoman los 30 y muchos, algunas se ven acosadas con la pregunta “¿por qué no ha tenido hijos?”. Hace 13 años nació mi hijo mayor; nunca nadie me ha preguntado porqué decidí ser madre. A la gente le inquieta en cambio “¿por qué nos gusta ser mamás?” —“cuestionarios Proust” de revista de farándula—, encasillándonos como susanitas o mafaldas, como si no se pudiera ser madre devota y detestar la sopa al mismo tiempo.

Las feministas, bandada desobediente, todavía tratamos de encontrar aliados para alcanzar un punto de equilibrio más allá de la perversa fórmula que nos incluye en el universo de lo público sin afectación de las asignaciones “exclusivas” de la maternidad: “Eso solo lo puede hacer la mamá”.

Cada vez más mujeres, reacias a la domesticación, declaran: “no soy ni seré madre”. No se excusan en la explosión demográfica ni en el modelo fracasado de civilización ni en la vergüenza de pertenecer a una especie depredadora: la ausencia de explicaciones es una señal de esperanza; el designio natural deja de ser un imperativo social.

“Si los hombres pudiéramos parir, la especie humana ya habría desaparecido”, dice mi obstetra, el doctor Fidel Cano. Yo aventuro otra hipótesis: si los hombres pudieran parir, los bebés humanos caminarían y buscarían solos su alimento desde la segunda semana de nacidos.

De la maternidad, la madre de todos los mitos, rescato una certeza: es un producto más de la adaptación masculina. Variables insospechadas del instinto de conservación.

¡Feliz día, mamás!

 

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