Por: Mauricio Rubio

Contra Uribe, todo vale

La opinión antiuribista se desmadró. Supuestos pazólogos conciliadores son ahora incendiarios que escriben con rabia y mala leche.

Héctor Riveros comentó el regreso de Andrés Felipe Arias. Imagina una conspiración uribista para coronarlo presidente y reelegirlo indefinidamente. Desde su condena hasta la extradición, “cada acto ha sido cuidadosamente estudiado para construir una imagen de mártir que luego será explotada en una campaña electoral”.

Para Francisco Gutiérrez, también adicto a Uribe, criticar la JEP es un “pretexto para el cataclismo político que les permita refundar la patria”. La aspersión aérea contra el boom de cultivos de coca es una disculpa para “virulentos programas contra los colombianos”. Pascual Gaviria ilustra el escenario: el Gobierno fumigará marchas cocaleras a bala y dirá que el plomo no es perjudicial para la salud. La fijación de Gutiérrez le alcanza para meter pullas antiuribistas cuando escribe sobre mujeres académicas.

En una entrevista, Uribe machaca sus críticas a la JEP y a las cortes. Yohir Akerman recuerda la captura de Mario Uribe en 2008 y personajes vinculados al paramilitarismo reunidos en Palacio con el secretario jurídico y el jefe de prensa, así como el enfrentamiento posterior con la justicia. Concluye que “el paralelismo con lo que sucede hoy es espeluznante”.

Clara López armó escándalo porque un policía le hizo unas preguntas en el aeropuerto. Humberto de la Calle reaccionó: “Un paso más en el autoritarismo… La defensa del Estado de derecho es prioritaria”. La víctima del régimen también escribió política ficción sobre la derecha que manipula el referendo contra la JEP con cita de Yuval Harari: “Los cerebros ‘hackeados’ votan”.

Nadie previó cómo acabaría el sainete del pobre Coronell, otra víctima del sistema, y de Uribe, que volvió al redil con un secretísimo acuerdo entre magnates de medios. Cecilia Orozco había aclarado que el censurado, dirigiendo 600 periodistas de Univisión, “(tendrá) ocupada su mente en otros asuntos, por favor”. Jorge Gómez Pinilla, mitómano consagrado, compara a Arias con Santrich, quien no estaría fugado sino desaparecido. El indicio: no ha dado declaraciones a la prensa.

Estos agoreros transformaron las críticas a la JEP y la propuesta de una sola corte en graves delitos de opinión. El “cartel de la toga” sería un invento uribista repetido por periodistas tontos o sobornados. Lo más insólito es que, para desprestigiarlo, ellos mismos destacan que Uribe ya casi no tiene influencia en el Gobierno, ni caudal electoral, ni siquiera controla su partido. Eso sí, cual déspota con la burocracia y los medios a su disposición, mantiene intacta la capacidad para reconstruir y dirigir el Estado de opinión.

La furia es con el uribismo, pero los iluminados también atacan o desprecian a cualquiera que no comparta sus ideas. La arcaica dicotomía nosotros/ellos y el simplismo sin matices son palpables. Para un decano externadista, experto en negociación de conflictos del equipo habanero, “la campaña del No fue de odio, en 2018 repitieron el libreto para llegar a la Presidencia. Con objeciones a la JEP preparan las elecciones regionales para atizar la polarización”.

Tuve un par de roces con estos pendencieros. No debería hacerlos públicos, pero me anima el “todo vale” para ilustrar cómo surge y se transmite el fanatismo. Una forista superficial y pedante del blog que tuve en La Silla Vacía era exalumna y admiradora de Riveros. Ya mostraba mañas al repetir en sus comentarios, sin conocerme, lo que pensaba su maestro de mí. Pero era novata y educable: para silenciarla bastó un mensaje anónimo anotándole que esos ataques personales deterioraban su imagen.

En 1998 publiqué unas “precisiones sobre la violencia” enfatizando el factor impunidad, inquietud que mantengo. Francisco Gutiérrez escribió una reseña tan demoledora que una colega me preguntó: “¿Usted qué le hizo a ese señor para que lo odie tanto”? Años después, en la pausa de un seminario, mencioné en un corrillo la intervención de Cuba en el conflicto a través del M-19. Con la displicencia de un profesor ante estudiantes mediocres, Gutiérrez me interrumpió aclarando que Fidel Castro, si acaso, había tenido influencia sobre el Eln. Mostró que le faltaban no sólo lecturas sino un mínimo de curiosidad y disposición para asimilar nueva evidencia. Desde entonces lo leo con pinzas, que sirven poco con un disco rayado.

Como la fe, ideas demasiado claras y rígidas nutren la intolerancia, que toca controlar pues se refuerza en una espiral de retaliaciones. Sí es posible hacer oposición civilizada, sin rabia ni mala leche. Destaco a Rodrigo Uprimny, antiuribista dispuesto siempre a convencer adversarios con argumentos y respeto. Es la excepción que contrasta con la jauría que ve la viga en el ojo ajeno ignorando la del propio: su dramatismo, desproporción y manipulación de los hechos también promueven el odio. Ni siquiera calibran su evidente contribución a que la gente salga bien berraca a votar por el que diga Uribe.

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