Por: Aura Lucía Mera

Contracorriente

Eran las épocas del concordato. La Iglesia católica ostentaba en Colombia más poderes que las leyes civiles. El infierno era una realidad absoluta para todo aquel que se atreviera a pensar diferente o a cuestionar sus leyes. El matrimonio sólo era válido si se realizaba bajo el rito religioso y la obligación de la mujer era “cumplir el débito” cada vez que el esposo lo requiriera, así llegara borracho y amanecido, o le diera la real gana a cualquier momento del día. Si la esposa se negaba era causal de anulación y considerada pecadora en materia mortal, o sea, tenía su paila asegurada en el profundo averno.

El placer marital, sobre todo el femenino, era sospechoso. La mujer estaba diseñada para parir y complacer —hasta que la muerte los separara— a su cónyuge. Ni hablar de píldoras anticonceptivas ni otro método para no llenarse de hijos como conejos. Además se predicaba que “cada niño traía su pan bajo el brazo”.

De pronto, en 1965, el doctor Fernando Tamayo, prestigioso médico capitalino, se atrevió a desafiar las leyes divinas y contra viento y marea fundó Profamilia, instituto para enseñar a niñas y mujeres sobre su sexualidad, sus derechos y sus opciones para planificar sus embarazos y no aceptar ciertas conductas machistas.

Quién dijo miedo. Me ubico en Cali. Leonor Uribe de Villegas fue su primera directora en esta ciudad puritana, hipócrita, machista y doblegada a la tiranía del obispo de entonces, Uribe Urdaneta. Rayos y centellas, amenazas de excomunión, diatribas desde los púlpitos y prohibición absoluta a las mujeres de asistir a las conferencias de aquel antro de perdición.

Inmediatamente formé parte del voluntariado. Formamos un equipo de médicos y mujeres a los que nos tenían sin cuidado la salvación o el fuego eterno. Sabíamos que estábamos en la mira del inquisidor, pero bajo la batuta de Leonor trabajábamos sin descanso, invitando a mujeres de estratos humildes a asistir a las conferencias, tomarse la píldora o atreverse a usar la famosa T de cobre.

Recuerdo con tristeza y espanto las historias de algunas de las mujeres que entre lágrimas de rabia y culpabilidad nos contaban que, desde el púlpito, los curitas, gritando y desgañitándose, les decían que si tomaban la píldora no tendrían jamás la absolución de sus pecados y estarían condenadas al fuego eterno. Entonces ellas, aterrorizadas, abortaban a escondidas o permitían que sus hijos nacieran para inmediatamente tirarlos a los caños de aguas negras. Así, al confesarse, el representante de Dios les perdonaba “ese” pecado mortal y les daba el perdón y la bendición, con la condición de rezar varios rosarios… y seguir cumpliendo el débito.

Acaba de morir el doctor Tamayo. Pionero en Colombia de los derechos sexuales femeninos. No me lo imagino en la paila de fuego, sino en algún lugar privilegiado del cosmos. Su labor ética, sin bombos ni platillos, constituyó una verdadera revolución en el país. Desde 1964, miles y miles de mujeres y jovencitas han tenido la oportunidad de planear sus embarazos, conocer los peligros de enfermedades transmitidas por vía sexual, protegerse y llevar una vida digna y libre de amenazas infernales y excomuniones. Gracias, doctor Tamayo, por su entrega y su lucha.

Posdata: Pocos años después fui una de las víctimas de Uribe Urdaneta: excomulgada de la Iglesia y privada de dos de mis cuatro hijos pequeños, al separarme “por no cumplir el débito”. Los tiempos han cambiado y ya la Iglesia es diferente, pero las mujeres todavía apenas se están liberando de su yugo. No me cuesta trabajo pensar quién está, a estas alturas, ardiendo en la paila, si es que existe.

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