Por: Mauricio Botero Caicedo

Contrastando dos modelos

En los últimos días el mayor espaldarazo a la Alianza del Pacífico se lo ha dado Evo Morales con unas declaraciones tan peregrinas como equivocadas.

 El boliviano, sin inmutarse, afirma que “Estados Unidos está dividiendo a la Unasur. Los países que conforman la Alianza del Pacífico son parte de una conspiración que viene desde el norte para dividir y para que Unasur no avance hacia la liberación definitiva”. La oposición cerrera de algunos contradictores, especialmente la de aquellos que —por medio de argumentos espurios y poco razonados— no escatiman esfuerzos para lograr que fracase el modelo que detestan, suele ser el indicio más acertado del éxito de dicho modelo.

Para entender los comentarios de Evo, es oportuno revisar qué es la Alianza del Pacífico (AP) y qué es Unasur. La AP es una realidad en donde Colombia, Chile, México y Perú (a los que pronto se van a sumar Costa Rica y Panamá) marchan sobre el libre comercio en búsqueda de la circulación de bienes libres de aranceles, logrando que actualmente el 92% de los bienes ya esté a cero arancel y sólo el 8% (por ser productos sensibles) tenga protección. La AP, integrada por países con visiones parecidas desde el punto de vista económico y político, es un mecanismo de integración novedoso, práctico, sin retórica ni burocracia, que ha hecho importantes avances en muy corto tiempo. Unasur es la unión de 12 naciones latinoamericanas (de las cuales tres están en la AP), que de alguna manera tiene los mismos objetivos que la alianza, pero que nunca ha logrado concretarlos dado que está fuertemente influenciada por la ideología proteccionista de varios de sus más protagónicos socios: Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela.

El editorial de El Comercio de Lima (Octubre 16/13) admirablemente resume las diferencias conceptuales de AP y Unasur: “En efecto, pese a las inspiradoras declaraciones de fraternidad y solidaridad latinoamericanas que normalmente emite, en los dos años y medio que tiene de fundada Unasur no ha hecho nada por eliminar barreras y facilitar así el intercambio comercial entre sus estados-parte. En contraste, la AP, en poco más de un año de vida, ya ha decidido la liberación de aranceles para el 90% del comercio internacional existente entre sus estados miembros y apunta a convertirse en una zona de libre comercio. Así pues, la AP y Unasur parecen ser la traducción a nivel de la ‘integración’ internacional de dos modelos de desarrollo opuestos. Uno primero, que cree que cuanto menos barreras haya en un sistema para el comercio más riqueza podrán generar los miembros de ese sistema (y lo mismo cuantas más personas formen parte de éste; esto es, cuanto más grande sean los mercados a los que pueda venderle cada productor). Y otro segundo, que cree que hay que ‘proteger’ a la producción local —privada o estatal— de la competencia extranjera y que ve por tanto como una amenaza el libre tránsito internacional de bienes y servicios (...). La única manera posible en que la AP podría perjudicar a Unasur sería teniendo un éxito que multiplique la riqueza de las sociedades de sus estados-miembros y que ponga, por consiguiente, aún más en evidencia el fracaso del sistema que predomina en los países que llevan la voz cantante en Unasur”.

El verdadero miedo que tienen Evo y Correa, como lo dice el diario limeño, es que “al permitir que la gente vea, compare resultados y escoja ‘desde abajo’, amenaza el piso de los caudillos mesiánicos que pretenden para sus sistemas lo que exigen para ellos mismos: que no haya quien los contraste”.

 

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