Contrastes

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Me pateé en CNN toda la ceremonia de posesión de Biden y la despedida de Trump. Vi al sociópata bajar del helicóptero para tomar por última vez el Air Force One, escuchando unos cañonazos desde el atril, dirigiéndose a un público ralo en presencia, número y apariencia, repitiendo una y otra vez “que lo había hecho muy bien”, con esa boca retorcida y esa actitud arrogante, torpe y soberbia, para terminar con la frase cumbre: “Los amamos, volveremos de alguna forma”. Caminar pesadamente sobre la alfombra roja hasta la puerta del gigante metálico. Saludar a la multitud fantasma y desaparecer en el vientre oscuro con su abrigo negro. Miré el despegue y al avión desaparecer entre las nubes grises de esa mañana gris.

Vi a Joe Biden, su señora, su familia. Vi a Kamala Harris, su marido y su familia. Escuché sus palabras de estadista, dignas, cargadas de significados, profundas y contundentes. Esa mirada limpia y firme, esa sonrisa espontánea. Su llamado a la unión de todos. A pensar en el país y no en los intereses particulares. Esa invitación a detener la polarización, a devolverle a Estados Unidos el respeto que perdió, la cordura que voló en pedazos, el renacer de la esperanza. Una ceremonia para recordar: esas miles de banderas ondeando al viento, esa cordialidad entre expresidentes, esa sensación de que todavía es posible una nueva luz, un giro de timonel para sacar la nave de la turbulencia y llevarla a buen puerto.

Estados Unidos se llevará sorpresas con Biden. No se trata de un “ancianito” débil, sino de un estadista de marca mayor al que no le temblará la mano para gobernar, dirigir, encauzar y llevar las riendas de la bestia suelta y desbocada que dejó Trump durante el cuatrienio más vergonzoso de la historia norteamericana. Y su vicepresidenta es una mujer de armas tomar, inteligente, honesta y frentera.

Saben ambos lo que reciben, cómo lo reciben, qué tienen que hacer. Lo harán porque se les siente pasión, ganas, claridad y firmeza. Lograrán sacar de esta noche oscura y tenebrosa a su país. Se entregarán con alma y cuerpo al servicio. Estoy segura de que no serán inferiores a sus obligaciones y retos.

Qué contraste. Una sensación abrumadora me invadió. Pensé en Colombia, sí, en mi país, arrasado por más de medio siglo de barbarie, manipulado por un sociópata inmune a cualquier introspección, manejado por esos hijos de corrupción, incompetencia, odios parroquiales, saturado de egos mediocres, sin brújula, a merced del que más mentiras diga y más votos compre. País privilegiado en recursos, pero abandonado a su suerte, donde se siguen asesinando líderes, no llegan las vacunas, nadie se pone de acuerdo, territorios abandonados, carreteras vergonzosas, campesinos perseguidos... y la lista sería infinita. Falta total de liderazgo, triste y cierto. Seguimos en la noria de sangre y sin un futuro diferente. Ojalá me equivoque y logremos unirnos algún día. Cada vez lo veo más lejano. Y de nuevo la sangre cada vez más cerca.

Posdata I. Más de 50.000 muertos. El Salado, de nuevo amenazado. Los líderes sociales, ídem; la gente, sin tapabocas; las vacunas, sin llegar. País patético y sin brújula. ¿Hasta cuándo vamos a aguantar?

Posdata II. Inicia el Hay Festival. ¡Menos mal!

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