Por: Diana Castro Benetti

La conversación silenciosa del cuerpo

De noche y de día, con o sin hambre, el cuerpo crea relaciones con su entorno de formas visibles e invisibles. Genera lazos imperceptibles desde cada sentido.

Los ojos observan, hacen guiños o se desvían de una cosa hacia otra. Cada forma es una invitación que nos acerca o nos empuja. Los labios aprecian o desprecian y atrapan o delatan. Hay olores que nos remiten a mundos exóticos sin itinerarios fijos y hasta resulta obvio que cada mano traza su decisión.

Cerrar y abrir puertas desde los sentidos no es fácil para quien le come cuento a lo que ve, oye y siente. Defender la realidad percibida como la única realidad, limita los alcances de la percepción e inhibe las sorpresas o atrae agotamientos físicos. Pero, sin pisar fuera de los límites de la cordura, hay que decir que el yoga conserva un discreto encanto cuando se trata de administrar los sentidos. Insinúa cerrar los ojos para, luego, ver mejor; indica aumentar el silencio para escuchar lo inaudible; sugiere los alejamientos para fortalecer las uniones. Y así, entre movimiento, quietud y observación, el cuerpo se activa o se desacelera.

A su vez, las respiraciones son un nexo único con el mundo que nos rodea y pueden ser reguladas y convincentes o largas y cortas. Muchas son inaudibles, incluso para sí mismas; otras tan ruidosas que hasta desconocidos se enteran de su existencia. Cada inhalación es la renovación de un acuerdo fundamental con la vida. En el bhramari pranayama, se tapan los oídos, se inhala y se exhala produciendo un sonido largo y prolongado, como un aum. Varias veces, en todo momento y en soledad, unos segundos de este sonido interno permite activar la percepción y da los indicios adecuados para reconocer el cómo vemos el entorno. Un sonido sencillo y una respiración profunda ajustan, aumentan y regulan el cómo percibimos los colores, las formas, las sensaciones de calor y de frío. Elimina pensamientos recurrentes u obsesivos, despeja dolores, recuerdos y abre el cielo para que el cuerpo, como un organismo vivo, se inmiscuya en cada suceso del mundo.

Por eso, cada mañana, permanecer quieto, en silencio y respirando, se parece más a un acto de revolución que a un ejercicio antiestrés, y parar permite ver cómo el cuerpo camina, se acicala, se observa a sí mismo o anda en modo automático. Envoltura única y propia, el cuerpo dice lo que no queremos decir. Crea en cada instante una conversación silenciosa con las cosas y, además, danza con los otros. ¡Qué fortuna!

otro.itinerario@gmail.com

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