Paro nacional: así avanzan las marchas en Bogotá

hace 34 mins
Por: Juan David Zuloaga D.

Conversaciones fictivas

El entrevistado era Héctor Abad Faciolince. El entrevistador también; al menos en cierto modo, porque las conversaciones fictivas que ideó Ignasi Duarte tienen un formato muy particular.

El autor, es decir, el entrevistado, responde las preguntas que le formula el entrevistador; pero ocurre que las preguntas que Ignasi lanza son las mismas que hacen los personajes del escritor en sus libros, de modo que el diálogo —el monólogo, en verdad— no está sujeto a las preocupaciones del entrevistador, sino sometido a las obsesiones del artista. Ignasi tan sólo administra las cuestiones que, en otro tiempo y con otro propósito, se planteó el autor para darle cierta coherencia y cierta estructura interna a esa voz de la conciencia que termina siendo esta puesta en escena sin par; este teatro automático, como en ocasiones lo ha llamado su creador.

La puesta en escena no puede estar colmada de mayor intensidad ni de mayor patetismo: un hombre, en alta voz y de cara al público, lucha con sus demonios y se confiesa ante el tribunal silencioso que, expectante, lo observa. Un hombre solo en un escenario, sin la ayuda de nada ni de nadie, alumbrado por una luz que, solitaria y potente, encandila e ilumina a un mismo tiempo. Una voz inquisidora y pertinaz de espalda al público. Sin que se pueda notar su presencia, comienza y conduce esta confesión divertida e impúdica a la vez.

La primera pregunta en aquella ocasión fue «¿Qué pasa?». —Pasa— dijo Héctor Abad Faciolince, o creo recordar que dijo —un whiskey por mi garganta en esta tarde amable que nos regala París—. Así comenzó la confesión y el monólogo. Y en cierto punto de esta conversación —de este flujo de conciencia, podríamos decir con mayor justicia—preguntó Ignasi, como preguntara alguno de los personajes que había imaginado la ficción de Abad Faciolince: —¿Lo aburro?— A lo que el entrevistado-entrevistador respondió: —No, no me aburre; me divierte. Tengo la sensación y el temor de que me repito. De que siempre digo lo mismo en las entrevistas y hasta en mis libros, pero aquí no sé muy bien qué ni cómo responder— creo recordar que dijo.

Y es curioso que así sea, porque él mismo había hecho la pregunta, bien que en otra ocasión y con otro fin. Un interrogante que acaso fuera incidental, acaso retórico en el contexto en el que se escribió, pero que ahora tenía que responder con decisión y hasta con verdad. Porque aquí no vale acallar las preguntas ni escamotearlas, como en ocasiones saben las conciencias; aquí es menester dar una respuesta, la que sea, para que la obra siga, como ocurre también en el acto heroico y teatral del vivir. Ese es el formato y así lo vi yo puesto en escena por primera vez. Un artista que en honesto flujo de conciencia lucha con sus propias obsesiones y sus propias dudas y que, respondiendo, hace literatura e inventa soliloquios.

Como se ve, esa confesión es la misma que uno puede hacerse en los momentos de su soledad más honda y su intimidad más secreta; esta puesta en escena, pues, es como la de la vida. Sólo se me ocurre una diferencia, pero es grande: al final de la vida lo espectadores lloran; al final de las conversaciones fictivas, aplauden.

@Los_atalayas, [email protected]

 

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2016-03-23T15:14:57-05:00

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