Por: Piedad Bonnett

Conversos, voltearepas e incondicionales

“Sólo los imbéciles no cambian de opinión”, dijo Juan Manuel Santos, aunque no es precisamente un creador de aforismos. Con el humor cínico que lo caracterizaba Oscar Wilde dijo algo parecido, pero en forma de boutade: “La coherencia es el último refugio de los que no tienen imaginación”. No se refería, claro, a los políticos, que ni tienen coherencia ni tampoco imaginación.

Los seres pensantes cambiamos de opinión, o porque las circunstancias cambian, o porque el análisis de los hechos nos lleva a reconocer que estábamos equivocados. Lo que es más difícil de comprender es cómo pasa una persona de un extremo al otro en cuestiones políticas o religiosas. A esto se refería en su columna pasada Humberto de la Calle, y ponía como ejemplo a Jaime Castro y Plinio Apuleyo, nombres a los que podríamos sumar el de Rosemberg Pabón, que pasó de militar en el M-19 a senador uribista, el de Alfredo Rangel, que fue contradictor del Plan Patriota de Uribe y hoy es recalcitrante defensor del presidente eterno, o el de Rubén Darío Acevedo, que de ser un activista de izquierda pasó a negar el conflicto armado. De Castro y de Plinio dice De la Calle, con ecuanimidad bondadosa, que “tendrán sus razones y habrá que respetarlas”.

Su vecino de columna, Ramiro Bejarano, con su inteligencia mordaz, también toca, como de refilón, el tema de los conversos, y pone dos excelentes ejemplos: el de Francisco Barbosa y Karen Abudinen, que dieron el salto de donde estaban parados a ser consejeros de Duque. Ellos, como el folclórico y nada inofensivo Manguito, que de ser elegido en la Lista de la Decencia brincó a ser uribista, saben que las oportunidades las pintan calvas, sobre todo cuando se trata del poder. Ahí sí qué coherencia ni qué pan caliente.

En días pasados El Tiempo publicó un exquisito artículo de Ian Buruma, miembro del Project Syndicate, sobre los que llamamos lambones, de los que es ejemplo Michael Cohen, el exasesor de Trump que hoy despotrica de él en los tribunales y que fue condenado a tres años de cárcel. Buruma describe a los aduladores de oficio y habla de la “relación entre el narcisista y el psicópata, o el sádico y el masoquista”. “El deseo de adular del adulador es tan fuerte –dice– como las ansias del narcisista de ser servilmente admirado (…) Cualquiera que haya pasado tiempo en el patio de una escuela lo reconocerá: el debilucho que anda con el hostigador fanfarrón, obedeciendo sus órdenes (...) con sus ojos y su boca floja de perrito lastimado”.

Hemos visto algunos, ¿cierto? Yo pensé en muchos, serviles, arrodillados, indignos. Y en ese anillo de mujeres que rodean a Álvaro Uribe –Paola Holguín, Paloma Valencia, Ma. Fernanda Cabal, Ma. del Rosario Guerra, Ruby Helena Chaguí– todas fundamentalistas incondicionales adoradoras de su señor, a quien miran arrobadas. Y también pensé en Uribito, en Ma. del Pilar Hurtado, en Luis Carlos Restrepo, que sacrificaron sus vidas en aras de la obediencia incondicional. De Cohen dice Buruma: “Estaba, literalmente, bajo el hechizo de Trump, embelesado, casi sonámbulo”. Y cita sus palabras: “No puedo más que advertir a la gente”. Aquel “que siga al Sr. Trump tan ciegamente como yo lo hice va a sufrir las mismas consecuencias que estoy sufriendo”.

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2019-04-14T00:00:47-05:00

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