Conviviendo con el miedo

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La primera noche que se sentó en mi mesa no me quedó más remedio que acomodarle un puesto. Se instaló entre mi familia, y yo, confundida con tanta novedad, le ofrecí distraída un plato de comida. Es la manera como fui enseñada a recibir a un extraño. Pero al otro día seguía ahí. Ya no me era indiferente y quise saber quién era ese intruso que hoy —seis meses más tarde— parece haberse instalado en mi mesa, mi hogar y también en mi mente, corazón y pecho.

Se llama miedo y, aunque después recordé que ya nos conocíamos, es solo ahora, en época de pandemia, que le ha dado por no querer irse por donde llegó. Se lo he rogado de todas las maneras, pero se empeña en sentarse en mi mesa y camuflarse entre preguntas y miradas, como cuando esta semana la menor de mis dos hijas me miró con ojos de angustia y me preguntó: “Mami, ¿hasta cuándo?”. Otros días se acomoda entre nosotros sin decir nada y eso es peor. Su silencio me quita el apetito y puedo verlo en las caritas calladas de mis hijas. Es entonces cuando lo odio, lo maldigo y con lágrimas en los ojos le suplico: “¡Por favor, vete!”.

Esta semana, durante una de esas noches en que no probé bocado porque me sabe a miedo y me atraganta, leí un articulo de The New York Times que comienza casi igual que esta columna. Una mujer sentada en el comedor de su casa con su familia, enfrentada a la incertidumbre y a las ganas de llorar. Se llama Halima Bibi y vive al otro lado del mundo, en Afganistán, tiene cuatro hijos y me gustaría decir que es una ama de casa como yo, pero hay una gran diferencia: en mi mesa hay comida y en la suya no. A Halima la entrevistaron porque todos sus hijos sufren de desnutrición y su tragedia revela la pobreza de todo lo que la rodea, incluyendo el sistema de salud. Y sé que no tengo que ir hasta Afganistán para encontrar ese abismo de injusticia que nos divide, está a la vuelta de la esquina. Del artículo rescato una frase: “La pandemia ha reforzado las desigualdades económicas básicas, ninguna más definitoria que el acceso a los alimentos”.

La conclusión es que no hay que tener COVID-19 para morir por culpa de ese mal. De acuerdo con Naciones Unidas, este año se duplicará la cifra de quienes corren el riesgo de morir por hambre a 256 millones de personas y 140 millones de personas más vivirán en condición de pobreza extrema, es decir con menos de 7.000 pesos colombianos diarios. Por los estragos económicos que deja la pandemia se sumarán 6,7 millones de menores de cinco años a los 250 millones de niños víctimas de malnutrición infantil. Ante estas cifras es inevitable preguntarse si el mundo habrá hecho lo correcto al permitir que la economía y la seguridad alimentaria se vieran tan severamente afectadas por la pandemia. O si más bien resultó peor la cura que la enfermedad, una frase de cajón que resume bien el dilema.

Mi papá y yo tenemos una tradición de fin de año: leer la columna del periodista estadounidense Nicholas Kristof que cada diciembre titula igual, “El mejor año en la historia de humanidad”, y en la que explica por qué cada año es mejor que el anterior. No estamos ni en octubre y ya Kristof anunció que este año no habrá tal columna y que tal vez el año entrante tampoco. Vuelvo a pensar en Halima Bibi y en que entre lo poco que tenemos en común está el miedo, en su caso mucho más fundado que en el mío. Porque ella no puede y yo sí, esta noche, cuando se vuelva a sentar en mi mesa, lo encararé en nombre de ambas para decirle que ante el amor el miedo es un cobarde y que si se va a quedar tanto tiempo se siente en otra parte.

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