Por: Dolly Montoya Castaño

Cooperación: la clave de un mejor mundo para nosotras y para ellos

En febrero de 1935 Gerda Westendorp ingresó a la carrera de medicina, convirtiéndose en la primera mujer que pudo cursar sus estudios universitarios en nuestro país, y convirtiendo a la Universidad Nacional de Colombia en la primera institución de educación superior del país en recibir a mujeres en sus claustros.

En 1994 se creó el Programa de Estudios de Género, Mujer y Desarrollo que más tarde se convertiría en la Escuela de Estudios de Género, adscrita a la Facultad de Ciencias Humanas de la sede Bogotá de la Universidad Nacional de Colombia, siendo a su vez la primera unidad académica del país en ofertar cursos de posgrado para la investigación, estudio y difusión del pensamiento feminista y el enfoque de género, fomentando la formulación de políticas públicas orientadas a la atención, prevención, superación y erradicación de violencias y desigualdades por motivos de género.

Aprovecho este espacio para hacer un reconocimiento al trabajo y esfuerzo de esta Escuela, que ha logrado desde la academia y la investigación dar sustento a la reivindicación de un mundo libre de discriminación, sexismo, violación, acoso y otras múltiples formas de violencia contra las mujeres y contra las comunidades LGTBI. Propósitos urgentes cuando en nuestra región latinoamericana mueren, en promedio, nueve mujeres diariamente víctimas de violencia de género, siendo según la Organización de Naciones Unidas la región más peligrosa del mundo para nosotras, fuera de un contexto de guerra.

De igual manera el Foro Económico Mundial señaló que a 2018 la tasa de ocupación global de las mujeres en edad de laborar se ubicó en 48%, mientras para los hombres se registra una ocupación del 75%, realidad más preocupante al escalar los niveles de operario, técnico, intermedio, hasta directivo en donde peldaño a peldaño se disminuye el porcentaje de participación de la mujer, o al conocer que en dimensiones como la política de los 193 Estados miembros de la ONU solo hay 9 jefas de Estado y 8 jefas de gobierno, es decir menos del 10% en representatividad.

Con ello, es claro que la violencia contra la mujer y las asimetrías basadas en género son realidades tangibles aún en el mundo contemporáneo, realidades que debemos transformar.

En 1848 un amplio grupo de mujeres y hombres reunidos en Estados Unidos lanzaron “La Declaración de Seneca Falls” registrada como base del surgimiento del movimiento feminista en el mundo. En ella, mujeres y hombres, reclamaban el derecho al sufragio femenino, a la independencia económica y jurídica, y en general a un trato igual para las mujeres al que tenían los hombres respecto de sus derechos civiles, económicos y políticos, sustentando la reclamación en que hombres y mujeres nacemos naturalmente con igual derecho a la vida, la libertad y la felicidad.

Sobre estos tres pilares se podría decir que, la vida no admite discusión, es condición inherente a la existencia humana. En consecuencia, es urgente construir sociedades seguras que no atenten contra la vida como el más elemental derecho de mujeres y hombres. La libertad es autonomía para elegir y es un ejercicio responsable de nuestras capacidades ante los demás y en comunidad. La felicidad es la paz y tranquilidad de sentirse en el camino correcto, es la realización propia en el marco de una comunidad. Así, si el desarrollo del conjunto social es determinante para asegurar la vida, la libertad y la felicidad de la persona, la clave para lograrlo no es otra que fomentar la cooperación y el compartir entre todos, mujeres y hombres, y con ello fortalecer nuestra comunidad.

Ejemplo de esto es la participación de la mujer en la historia y desarrollo de las ciencias, Ada Lovelace, matemática inglesa, elaboró el primer programa de cómputo a principios del siglo XIX, como desarrollo de la “maquina analítica”, origen de las computadoras. María Telkes, fisicoquímica húngara, dedicó su vida a estudiar la energía solar, buscando formas para almacenarla y aprovecharla, logró a mediados del siglo XX el primer generador termoeléctrico, un tema importante para resolver la sustitución del consumo de energías fósiles. Otro ejemplo es Rosalind Franklin, química inglesa, que usando rayos X evidenció la estructura de doble hélice del ADN, y descubrió la estructura de los virus, hechos que sin duda han transformado la medicina, la farmacéutica y la biología, al punto que hoy podemos hacer edición genética que permitiría, por ejemplo, evitar enfermedades hereditarias.

Estos casos, sumados a los de miles de mujeres que han hecho y que están haciendo ciencia, que innovan, descubren y consolidan, que sobresalen en la creación artística, las ciencias sociales y humanidades, agropecuarias, ingenierías y ciencias de la salud, son evidencia de que la cooperación es el camino, pues ¿qué sentido tendrían estos aportes, descubrimientos e inventos sino son para el beneficio de la humanidad? En el mundo de la ciencia no se concibe el trabajo por fuera de la cooperación. En el quehacer científico la guía siempre será: desde dónde partimos, con quién lo hacemos y para quién lo hacemos.

Así, la reciente conmemoración del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, debiera servirnos para recordar la necesidad de trabajar todos, hombro a hombro. No creo que la equidad se logré aislándonos por grupos para cada uno competir sin descanso. Transformar la cultura que por siglos ha fomentado la inequidad entre géneros nos obliga a hacer de este un tema prioritario en la agenda nacional, penetrando todas las esferas de la sociedad e instalándonos en los escenarios de formulación de políticas públicas y toma de decisión, cooperando entre nosotras y cooperando con los hombres, compartiendo, porque nuestra vida, nuestra felicidad y nuestra libertad no están por fuera de la comunidad donde nos encontramos todas y todos.

Rectora, Universidad Nacional de Colombia.

 

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