Por: Beatriz Miranda

COP 24

El 15 de diciembre de 2018, después de 13 días de intensas negociaciones, representantes de 197 países clausuraron la Conferencia del Clima de la Organización de las Naciones Unidas (COP 24) con un “Libro de Reglas”, que será la hoja de ruta para poner en marcha el Acuerdo de París con el objetivo de afrontar el calentamiento global.

El acuerdo final presentado en Polonia se refiere al informe científico que insta a la comunidad internacional a la realización de “cambios urgentes y sin precedentes” para limitar el incremento de temperatura del planeta en 1,5 grados Celsius.

Para lograr este complejo objetivo, países ricos y pobres deberán apropiarse del principio de responsabilidad compartida, sin excluir la ayuda financiera de los países desarrollados a los países en vía de desarrollo. Se espera un aporte de US$100.000 millones al año, a partir de 2020.

Sin embargo, durante este encuentro las posiciones de los países desarrollados, en vías de desarrollo y emergentes denotaron fuertes contradicciones: Estados Unidos rechaza las evidencias científicas, los países industrializados plantean que países ricos y pobres deberán establecer objetivos climáticos nacionales y cumplirlos y los países más vulnerables están en desacuerdo.

China, uno de países que más contamina el mundo, solicita más tiempo para que los países en desarrollo y los emergentes formulen sus políticas climáticas.

En la Cumbre se notó la poca importancia que los países árabes han dado a los últimos informes sobre el clima y, por consiguiente, la renuencia de algunos de ellos a cumplir las metas climáticas y dar pasos más audaces hacia el uso de energías renovables.

Independientemente de la solución inmediata de las controversias, el hecho es que los resultados de estas cumbres han sido ínfimos, lo que ha provocado la indignación de la comunidad científica experta en el clima del planeta. El déficit sigue siendo muy alto.

Muchos economistas climáticos proponen reformas globales con el objetivo de institucionalizar un impuesto al CO2 ligado a la baja de otros impuestos que incentiven tecnologías limpias. Si el presidente Trump fue el protagonista de la Cumbre de Marrakech en 2016, cuando anunció la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, en Polonia, el efecto Bolsonaro ya se empezó a sentir: Brasil renunció a ser sede de la 25 Conferencia de las Naciones Unidas sobre Mudanza Climática (COP 25), debido a su alto costo.

Brasil ha sido históricamente un importante negociador del tema. Fue sede de las Conferencias de la ONU sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Eco 92) en 1992, Desarrollo Sostenible (Río + 20) en 2012 y jugó un importante papel en las negociaciones del Acuerdo de París en 2015.

Por cuestiones de alternancia geográfica, la COP 25 debería ser realizada en América del Sur y el Caribe. Después de la renuncia de Brasil, Costa Rica, Guatemala y Chile se apuntaron como posibles anfitriones. El viernes, Chile declaró que será sede del evento.

Con la retirada de Estados Unidos, el paso hacia atrás de Brasil y una Europa dividida con relación al tema climático, hacen falta líderes y mediadores.

Con todo, la COP 24 rescató el Acuerdo de París, recordó la importancia del multilateralismo y de los derechos humanos, especialmente de los pueblos indígenas, para afrontar el populismo de derecha y su avalancha conservadora.

Ya casi termina 2018, un año marcado por el caos, el resurgimiento del autoritarismo, de muros concretos e imaginarios y por las “fake news”. Deseo un 2019 más solidario, humano y sostenible con menos dolor de los inmigrantes y mayor preservación de la Amazonia.

Profesora U. Externado.

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