Por: Carolina Sanín

Coquetería integral

Me rebota la frase “artista integral” que se usa para designar a alguien que pinta, compone música, filma películas, toma fotos, sale en fotos y escribe libros.

No veo por qué ha de ser más completo un artista que incursiona en varias artes que uno comprometido con una sola, y, por los ejemplos que conozco, lo “integral” en los artistas integrales suele evocar, antes que la complejidad o la diversidad, el pan integral: ese que está hecho con harina no refinada y es usualmente light.

Cuando empecé a leer Nadie es más de aquí que tú, la celebrada colección de cuentos de la artista integral estadounidense Miranda July, me sentí seducida. July tiene una especie de imaginación brincona que no teme a las digresiones ni a la inconsistencia ni a los extremos de la trivialidad. Una mujer elabora su duelo amoroso dándoles clases de natación fuera del agua a tres ancianos. Una hija cuenta que su padre le enseñó, a manera de legado, una serie de movimientos para hacer con los dedos en la vagina. Hay una esposa cuya única actividad sexual consiste en jugar a amamantar a su marido. Alguien asiste a un picnic en el que está toda la gente a quien ha conocido en su vida. Terminé de leer el libro enamorada de la libertad de las asociaciones de July.

El empalago empezó un rato más tarde, cuando me di cuenta de que, en vez de técnica, el libro tenía truco: seducía a través de una introspección infantil que imitaba la locura, el extravío, el sueño, la diferencia y la transgresión de los tabúes, pero que no se dejaba seducir por ninguno de ellos. En el recuerdo, la voz de la narradora, a la vez provocadora y desdeñosa, se oía como la voz del ensimismamiento. La literatura de July se me pareció entonces a la conversación de esas mujeres mimosas que tienen la inteligencia suficiente para crear un simulacro de misterio; que fingen no entender nada y, con una mezcla de desparpajo y falsa inocencia, logran parecer muy abrazables. La aparente valentía del libro era en realidad ternura, y a mí me había quedado el sabor de haber leído un manual excéntrico de autoayuda.

A los cuentos de July no les faltan escenas buenas, pero les falta estar escritos. En ellos no se adivina una investigación con respecto al lenguaje. En cuanto al estilo, predomina un sonsonete construido con tres o cuatro tipos de frase (o mejor, longitudes de frase). Lamentablemente, por encima del triunfo de la imaginación literaria, se oye fuerte el lenguaje triunfal de la publicidad, el verdadero arte “integral”.

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