Por: Columnista invitado
Mudanzas

Coraje

Por: Juliana Londoño

Aquella primera exposición de “arte” que tuve, aquel entrenamiento de patinaje en el que por primera vez tenía que hacer un salto triple, aquel final de física en el colegio de donde heredé el insomnio, aquel día donde mis abuelos se fueron para siempre, aquel corazón roto que me arriesgué a reparar, aquella decisión de no estudiar literatura, aquellos riesgos que aun teñidos por el miedo del primerizo tomé, y esos otros que abandoné con algún pretexto torpe.

Me doy cuenta de que nunca he estado preparada para mis sueños ni para ningún desafío nuevo. Por supuesto, nunca se está, por más de que todos los días des un paso que crees te conducirá a ellos, hagas una renuncia y, entonces, necesariamente, una elección; te prepares física y mentalmente, te repitas con frecuencia que no vas a poder y te digas con más reiteración que eso es, irremediablemente, lo que quieres y por esa razón, estás hecho para ello. Nunca, ni creando una metodología, estaremos preparados para dar un paso que no conocemos, que no conocemos y no queremos conocer, porque el miedo a lo desconocido se vuelve un dragón que nos quemará con su fuego. Eso nos decimos, para seguir pisando suelo seguro, para que lo nuevo no nos embista.

Ahora, cuando pienso en aquellos primeros pasos y evoco la sensación que tenía, me parece estar hablando de otra persona y de otros sueños, sueños fáciles, elementales, que se cumplían con solo ponerse un par de patines, que no necesitaban de las agallas de ahora, que requerían artillería sencilla, pinceles, vinilos, lápices, hojas y borradores, sueños que se resolvían con fórmulas matemáticas. Ahora, si me devuelvo, veo una niña intrépida, osada, a la que no se le escurría la vida como arena entre los dedos, la que no hacía de sus decisiones un sistema burocrático, una que no llevaba cosido el miedo en la piel. Reconozco después que no es así, que aún tengo cosido el miedo, como una inmunidad del tiempo, que aún tiemblo cuando voy a dar un salto triple y, peor, o mejor, quién sabe; aún me caigo justo cuando voy a tocar el pavimento.

Comprendo que los anhelos antiguos no eran más fáciles, porque los de ahora tampoco lo son. Lo que cambia o a veces permanece es el ímpetu, la furia del espíritu, el coraje, el coraje y el uso que le damos a él es lo que nos hace saber que aquello que nos sacudía, nos sacude, es tangible: antes, ahora, después, siempre, estar preparados para algo, para cualquier cosa, por utópica que se perciba, depende, dependerá, de saber que no estamos preparados para nada y que, aun así, si lo queremos, hay que ponernos el traje de baño y nadar, en agua, como lo supusimos, o en arena, porque nos sorprendió un día la playa.

 

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

Las mediadoras de los derechos

Radicalismos y transiciones