¿Por qué se conmemora la Semana del Detenido Desaparecido?

hace 2 horas
Por: Beatriz Vanegas Athías

Coronavirus y Colombia profunda

Me ha sorprendido el coronavirus en Apartadó, Antioquia. Es esa la  población con ínfulas de ciudad más grande de Urabá que se extiende desde mar Pacífico, el Atlántico hacia la montaña para que presenciemos la existencia de poblaciones como  Turbo, Necoclì, San Juan de Urabá, San Pedro de Urabá, Arboletes, Chigorodó, Carepa, Mutatá, Murindó, Vigìa del Fuerte. Es “el Urabá antioqueño” una tierra que muchos colombianos identifican como región de origen de atletas como Caterine Ibargüen o Juan Guillermo Cuadrado, quien tiene su familia en Necoclí, allá donde Quizás / El próximo instante / De noche tarde o mañana / (…) Se oirá nada más / El canto de las moscas, como cantara María Mercedes Carranza. Es esta la tierra en la que el ser antioqueño se confunde con el ser caribeño porque así lo ha querido el golfo de Urabá en su fraternidad con la serranía de Abibe.  Mar y montaña hacen que confluya el antioqueño negro, el mestizo, el indígena embera katío y el caribeño cordobés y bolivarense.

Es esta también una región que ha sufrido lo indecible por su privilegiada ubicación geográfica que la ha hecho epicentro y corredor para la salida de la droga. Pude constatar que no es muy bien recibido el gentilicio urabeño por la estela de sangre y delincuencia que este grupo armado y mafioso ha fundado en la región llamada así porque significa “tierra prometida” en embera katío. Prefieren ser llamados con el musical “urabaense”.

Parece lugar común hablar de la amabilidad del paisa. Sin embargo, acá en Apartadó hay unas sutiles fronteras para encontrar en su estado puro ese buen trato. Para empezar no se sienten paisas (ese es el de Medellín) y esta diferencia semántica traza conductas que para un foráneo (como yo) observador lo hace discernir sobre la carga de sinceridad del antioqueño en contraste con cierta impostura que salpica la amabilidad del paisa. Ana Lucía Restrepo, poeta de Apartadó, integrante del colectivo de escritoras Las Musas Cantan, atribuye este real don de gentes a la mezcla con la alegría del caribeño, la frescura del negro y la transparencia del indígena.

Es el mar que refresca la humedad del calor y los temperamentos montañeros y provoca esa maravilla de comportamiento solidario que lo reivindica a una con la vida y que se  manifiesta en el hecho de que a esta gente se les va el rato en hacer un favor al desconocido, por el solo premio de hacerlo, se trata de  una capa de bondad y tranquilidad espiritual que dignifica a una región masacrada literalmente por la voracidad del gobernante paisa. Y aquí recuerdo que es este el pueblo donde fue alcaldesa Gloria Cuartas, aquella mujer que enfrentó al Álvaro Uribe de los 90.

No sé si el coronavirus llegará hasta el Urabà antioqueño. En la medida de mis posibilidades he cumplido mi cita con la poesía en estas tierras en las que con el mismo fervor se cantan tangos, vallenatos de Diomedes o Pueblito Viejo y me he cuidado para cuidar a otros. La brisa del golfo sigue soplando. Las tiendas y supermercados continúan abiertas. Una que otra pareja vegeta en los desolados parques. Pasan las motos y sus conductores no llevan tapabocas. Ayer, de regreso al hotel me perdí y un señor dejó de hacer su oficio y me llevó hasta la puerta del hotel donde me hospedo. Y no temí. Y me sentí como en casa.  Sin embargo le pregunté  si no temían  al coronavirus, pues notaba que nadie se había mosqueado en el pueblo. Sí, hay que cuidarse, me dijo muy sonriente, pero ¿qué más puede pasarnos a estas alturas de la vida? Yo pensé que sí, que todavía puede ocurrir mucho más y subí las escaleras pensando que ante esta pandemia los habitantes de Urabà, como muchos de la llamada Colombia profunda, están solos, más que solos.

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2020-03-17T00:00:26-05:00

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Coronavirus y Colombia profunda

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