Por: Catalina Uribe Rincón

Coronell y los capataces de finca

La semana pasada circuló un video en el que Donald Trump reúne a varios de sus funcionarios para una rueda de prensa. Como si se tratara de una presentación de colegio, les pregunta cómo se comportó en su pasada reunión con la congresista demócrata Nancy Pelosi. Todos sus funcionarios, como en la escuelita de doña Rita, repitieron juiciosamente: señor presidente, usted se portó a la altura, en ningún momento gritó ni se salió de sus casillas. La reunión con la congresista había sido criticada por la conducta airada del presidente estadounidense.

El servilismo ramplón me recordó el comportamiento de los miembros del Centro Democrático con Uribe, incluido el mismo presidente. No importa lo que diga, no se le cuestiona, ni se le hacen críticas constructivas; solo se le alaba. Y por más artificial que parezca esta práctica, se ha convertido en la razón de ser de empresas de todo tipo, incluidos medios de comunicación e instituciones educativas. Dichos tan ridículos como “morder la mano que te da de comer” o “patear la lonchera” son los manuales básicos para trabajar en cualquier empresa.

Esto es una gran tontería. No se es un mal empleado cuando se refuta al jefe, sino cuando se traicionan los principios de su profesión. No se es un mal ciudadano cuando se critica al Gobierno, sino cuando se le da la espalda al Estado. No se es un mal columnista cuando se llama la atención sobre las prácticas periodísticas de su revista, sino cuando sus miembros no se resisten a su deterioro. En la práctica, la forma más común de “patear la lonchera” es dejarla descomponer.

La despedida de Coronell de Semana no sólo es grave por lo que representa para la libertad de expresión, sino porque demuestra que en Colombia sigue vigente el discurso del capataz de finca. El presidente Duque da muy mal ejemplo con su nueva moda de bloquear a sus críticos en Twitter. Si Duque es presidente de todos, tiene también que ser presidente de sus opositores. El mínimo deber de su oficina es escucharlos. Lo que, además, le serviría. Nadie mejora a punta de rodearse de acólitos, aunque a nuestros “patrones” les fascine la mediocridad de sus lagartos.

También la puede interesar: "New York Times y los falsos positivos: ¿A quién es que le sirve la prensa?"

 

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2019-05-30T00:00:53-05:00

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2019-05-30T12:26:37-05:00

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