Por: Carolina Sanín

Correspondencia intervenida

Se ha hablado mucho del gesto artístico que redondearon recientemente Simón Hosie y Beatriz González, pero poco sobre el objeto literario que está en el centro del gesto: la carta escrita por Hosie (y ahora impresa en la revista Número), cuyo contenido es magnífico aunque su concepción sea fácil y su explotación de las casualidades sea confusa.

La historia que rodea la carta es ésta, en resumen: González publicó en el periódico un dibujo que representaba a Yolanda Izquierdo, líder comunitaria asesinada por los paramilitares, e invitó al público a que lo interviniera. “Intervenir”, haciéndose pasar por verbo transitivo, es como en jerga artística suele decirse “modificar”. El arquitecto Hosie no procedió a modificar el dibujo sino realmente a intervenir en él: se interpuso, tomó literalmente “cartas en el asunto”. Escribió una carta en la que una lavandera se dirigía a la artista contándole sus experiencias en torno a la página del periódico que contenía el dibujo. González, mientras alimentaba su deseo de encontrar a su remitente lavandera, correspondió con una exposición inspirada en la carta. Luego, el arquitecto Hosie reveló que la lavandera era él.

En ese instante hubo un acto literario: un autor que, como hace cualquier escritor de ficción, se había hecho pasar por otro en un texto, y una lectora que supo qué había leído. Pero enseguida esa correspondencia se rompió. El arquitecto construyó una casucha, la puso en la Plaza de Bolívar, y dijo que la lavandera era una lavandera y que vivía allí y no en él.

Quizás por considerar que así demostraba más empatía, Hosie prefirió hacer una rapsodia de la pobreza antes que asumirse como autor de ficción. En algún momento de la jugada, debió darse cuenta de que su texto y el tipo de ironía que lo informaba implicaban tremendas distancias y divisiones, entre ellas la de clases. No se arriesgó a aceptar algo que cualquier escritor de ficción habría sabido: que la relación entre el autor y el personaje literario no es reversible. Mientras que Hosie pudo imitar la manera como un escritor cree que una lavandera del extrarradio escribiría, la lavandera no podría hacer el papel de él.

No por ser tremenda es inaceptable la verdad que Hosie reprimió, a saber, que en un sistema de clases no hay literatura sin clase social, y, mucho menos, un humor intelectual que atraviese las clases. El escritor puede protestar contra ese orden de las cosas, pero no negar que su obra —que su misma relación con el lenguaje— está condicionada por él (si lo hace, ni protestar podrá). Al pretender que la lavandera existe, Hosie no se asume como autor literario. Y al no reconocer que la pobreza —al menos ese aspecto de la pobreza que la casita de la plaza encierra— es demasiado pobre para escribir cartas chuscas sobre sí misma, tampoco hace crítica social.

 

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