Por: Luis Carvajal Basto

¿Corrupción? Es la cultura; es más complejo

No es serio esperar o formular soluciones mágicas para  una crisis  de valores que carcome a la Justicia y a la política, pero  que se ha extendido, como peste, en toda la sociedad colombiana.

La judicialización de políticos y  altos magistrados ha dado lugar a una  competencia inútil de calificativos. El “País” que opina, y  los salones de belleza y las cafeterías, se “aterra”, como si lo que conocemos ahora hubiera ocurrido en otra parte y no donde vivimos. Algunos han convertido en objeto de burla a partidos, tribunales e  instituciones, las únicas que tenemos; otros proponen reformas solo para obtener dividendos políticos. Muy pocos, lamentablemente, reconocen que la cultura de nuestro país en mala hora cambió y enfrentamos un complejo problema de valores éticos y morales, más allá de leyes, noticias y códigos.

¿Otra reforma o una constituyente? Como si desde tiempos inmemoriales y bíblicos no estuviera reglamentada la prohibición de robar. La corrupción que ahora conocemos es peor que cualquier escenario imaginado hace 20 o 30 años. Reforma tras reforma adquiere nuevas características; se transforma solamente para seguir empeorando.

¿Podían estar exentos, todos los políticos y magistrados, del medio ambiente cultural en que vivimos después del narcotráfico y la guerra? ¿Vivían en una burbuja? ¿Han sido capaces de permanecer inmunes al mal ejemplo de enriquecerse rápido, sin trabajar y a cualquier costo, que pusieron de moda en nuestra sociedad los narcos, convirtiendo al nuestro en un país de “vivos” y no de los más laboriosos o capaces? Los hechos demuestran que lamentablemente no, lo cual no significa que todos se puedan calificar como corruptos pero si como actores importantes de un sistema que lo permite y facilita, en un país permisivo que ha visto como “normales” ese tipo de conductas y ha convivido, décadas, con ellas.

Ahora, cuando se han hecho explícitas y públicas las rutas de la mala política y la mala Justicia, que conocíamos como se puede constatar en todas las encuestas, es hora de reconocer que los mismos malos remedios no pueden producir sino  los mismos malos resultados; mucho más si quienes los proponen son, básicamente, los mismos: sectas, clanes o microempresas electorales en desmedro de los partidos, en el ámbito político, con réplicas  en la rama judicial. A diferencia de la justicia, la política es sinónimo de transacciones ¿Qué la justicia se politizó? La cosa es peor: está, en muchos casos, corrompida y por ello desacreditada con efectos muy graves en toda la sociedad.

¿Clientelismo? El servicio que prestan los buenos políticos al relacionar las necesidades de las comunidades con sus soluciones no puede ser condenable. ¿Alguien cree, razonablemente, que la gente debe votar por candidatos diferentes a quienes les sirven y solucionan los problemas de las comunidades? Eso no ha ocurrido ni ocurre en ninguna parte. ¿Debemos, entonces, consagrar y enaltecer políticos zoquetes que no sean “clientelistas”?

Pero la  corrupción de miembros de la política o las cortes no es suficiente para satanizar o descalificar a las instituciones. No podemos renunciar a ellas para sumergirnos por completo en la barbarie.

El reto consiste en retrotraer del deber ser, valores, principios y conductas ejemplarizantes. Si corrupción y mala gestión pública se han instalado en nuestra cultura, corresponde proscribirlos. Si definimos la cultura como los hechos, costumbres y valores, adquiridos o heredados, que caracterizan nuestra conducta social y no la que debiéramos tener, debemos reconocer que se trata de promover un cambio en esas costumbres y no solo en los códigos y normas.

¿Reformas constitucionales? En la actual Constitución está  el comienzo de la solución: uno  de sus pilares es, precisamente, la participación ciudadana que no se ha desarrollado suficientemente y sin la que los cambios constitucionales del 91 quedaron “cojos”: La participación es la ciudadanía  ejerciendo sus derechos; vigilando y ayudando a diseñar y ejecutar el gasto público; mejorando la gestión y votando libremente.

Se trata de promover cambios culturales que tienen que ver, recuperando a Kant, con una práctica social que, a la vez, modifica la conciencia: pueden ser muy demorados.

Por supuesto es más complejo que formular recetas efectistas, pero es el único camino.

@herejesyluis

 

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