Por: Reinaldo Spitaletta

Corrupción a la medida

El ejercicio de la corrupción tal vez nos venga a los colombianos de los genes españoles, de esa cultura que llegó a raptar, robar, saquear y que, en los tiempos coloniales, estableció modos de esquilmar impuestos y alcabalas. Y, por otra parte, esos mecanismos de apoderarse ilícitamente de lo público, se han estilizado sobre todo por la impunidad. Incluso hasta la cínica frase de Turbay Ayala (“reducir la corrupción a sus justas proporciones”) quedó, hoy, superada por el descaro de los corruptos.

Y a la corrupción, que se tornó paisaje, habrá que agregarle asuntos peores, como ha sido, por ejemplo, la parapolítica, los “falsos positivos” (crímenes de Estado), las desapariciones, las masacres, el desplazamiento forzoso, las extorsiones, los secuestros y un extenso catálogo de horrores que ha acompañado la historia de un país que siempre ha vivido como en una garciamarquiana mala hora.

Ya no sabe uno por dónde empezar, o acabar. Porque si se menciona, digamos, lo de Agro Ingreso Seguro, habría para “dar y convidar”. O qué tal recordar aquellos días aciagos de corrupción del Metro de Medellín, de los que ya casi nadie tiene memoria. ¡Ah!, o los del Guavio, uno de los asaltos al erario público más sonados y que gozaron de cabal impunidad. Y así, pasando por el carrusel de las contrataciones, por los Nule, por las zonas francas, por la Dirección Nacional de Estupefacientes, que un funcionario calificó como el “parque de diversiones de la mafia y la corrupción”. Nos haríamos interminables.

Podría inventarse un jueguito como una suerte de monopolio o de hágase millonario con todas las patrañas y escamoteos de los corruptos. ¿Cuáles fueron las defraudaciones mayores al Seguro Social? ¿Cuáles han sido los dirigentes políticos colombianos comprados por las mafias? Cada uno podrá tener su colección de atrocidades cometidas por los corruptos en un país que se lo han tragado los monstruos del desgreño y las malversaciones.

Cada día asistimos a la repetición del escándalo. Desde los tiempos de la “danza de los millones”, de esa platica que los gringos dieron como indemnización por el robo de Panamá, y desde antes, vienen los bullicios de los manejos irregulares de fondos públicos. En los días del Frente Nacional, al Estado se lo comieron en una repartija de liberales y conservadores, y todo siguió como si nada. Más tarde, en el reino del capital financiero, aparecieron las estafas a los ahorradores, los autopréstamos de banqueros, las valijas que se fueron cargadas de dólares…

Y esos escándalos proceden de la instauración de una actitud o de una subcultura: la del todo vale. Aquí, desde hace rato, funciona lo ilícito como un modo de hacer política, economía, relaciones públicas, contrataciones. Desde las altas cumbres oficiales aparece el mal ejemplo (o las buenas acciones de la corrupción, según como se mire), que es copiado por los subalternos, y todo suena como en un tango: “y en un mismo lodo todos manoseaos”.

Y de esa guisa, un día resuena Chambacú, y otro, el de una transnacional que financió paramilitares, y al siguiente el estrepitoso robo a la salud, y el de la administración de impuestos. Sin embargo, y pese a la escandalera, casi siempre todo sigue igual, porque además se habita en el reino de la impunidad.
Además, en esa misma perspectiva, el Estado parece estar hecho a la medida de la corruptela. Desde hace años, se les da tratamiento de primera a las transnacionales, que son expertas en “conquistar” funcionarios, y se han vuelto parte de la cotidianidad pública la coima y otros modos de la putrefacción.

Se compran conciencias y votos para la reelección, se pagan apoyos políticos con notarías, se efectúan falsas desmovilizaciones. Colombia se pudre desde hace años, y cada vez la vaharada de fetidez lo cubre todo. Decían antes que las sociedades, a diferencia de los hombres, se pudren primero y después se mueren. Aquí parece que la descomposición le sigue dando vida a este estado de cosas.

 

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