Por: Cristo García Tapia

Corrupción y economía

La corrupción, y no vengan a santiguarse moralistas de nuevo cuño y doctos en la materia por considerarlo exabrupto teórico, es un catalizador de la economía.

Igual que pueden serlo el narcotráfico, la minería ilegal, el tráfico de divisas el contrabando y todas las variables conocidas como “economía subterránea” que logren operar como tales en una economía capitalista, sea cual fuere su grado de desarrollo y relaciones.

En tanto el mercado, las leyes, las instituciones, la cultura, la educación, la justicia son parte integral del sistema, es de colegir que también lo es la corrupción como expresión de patologías degenerativas de sociedades que no alcanzaron a cuajar un proceso identitorio propio, y a perfilar un individuo ético, capaz de resistirse a las desviaciones en el ejercicio de su condición de ciudadano al servicio del interés público.

Ni a constituir y construir un Estado, cuya mayor fortaleza derivara de unas instituciones, tanto políticas como administrativas, jurídicas y de control, inmunes y blindadas al tráfico de influencias de cualquier naturaleza, el agente y mentor principal de la corrupción en todas las instancias de aquel.

Pero aquella fortaleza en Colombia, como en la mayoría de los países de América Latina, no ha sido siquiera característica accesoria del Estado, del mismo modo que en sus orígenes no ha prevalecido la ética que moldeó y sobre la cual se erigió el Estado europeo y consecuentemente dio en la formación de un ciudadano inmerso en los principios, valores, cultura y praxis de la transparencia, la honradez y el uso racional, eficiente y de utilidad general de los bienes públicos en función y beneficio de todos sus asociados.

El concepto y el ejercicio de la ética en la función pública en estas latitudes latinoamericanas, y de modo muy particular en Colombia, apenas si es una conducta exótica; una práctica censurada y para nada efectiva aunque, formal e institucionalmente, se pregonen sus bondades y el ideario de su aplicación sea la piedra angular de la propaganda oficial.

En tanto la corrupción conviene al sistema, lo refrenda, consolida y reproduce, el Estado como construcción política y de poder del sistema, fáctica, la asume como instrumento de dominación, sometimiento y subordinación del individuo a los intereses prevalecientes en su dirección y manejo, sin importarle razón ética alguna ni los graves perjuicios sociales que traen consigo la apropiación criminal de la renta, bienes y presupuestos de origen público destinados a la satisfacción de las necesidades y derechos de sus mancomunados.

Si como elemento dinamizador de la economía la corrupción cumple un papel, como disociador y desestabilizador de la oferta y la demanda de bienes y servicios, ese papel sí que es nefasto por el efecto espejismo que produce al generar bonanzas e indicadores de crecimiento y expansión coyunturales en sectores de la producción y el consumo que, en periodos relativamente cortos, resultan afectados en grado sumo por la naturaleza espuria del agente que los impulsó.

Que es, ni más ni menos, cuanto hoy está ocurriendo en el sector de la construcción, en el cual la oferta y demanda de los bienes de los cuales se ocupa, vivienda para estratos medios y altos en mayor porcentaje, alcanzó en algunas ciudades intermedias de la región Caribe el nivel de saturación para una y otra, con la consecuente burbuja inmobiliaria que puede traer aparejada.

Y todo por la corrupción, cuyos agentes y personeros, los carteles de las obras públicas, la salud mental, la hemofilia y otros, al parecer los mayores compradores de vivienda en las capitales de departamentos claramente identificados, o están presos, o exiliados, o huyendo, o escondidos, o negociando su entrega con la Fiscalía, o simplemente inhabilitados para contratar y seguir en la cartelización espuria de la economía.

Igual que la sociedad repudia las prácticas corruptas y clama por su erradicación, es de esperar que la economía, el aparato productivo nacional en su conjunto, asuma el imperativo de purgar este flagelo en beneficio de una economía sólida, competitiva, generadora de crecimiento y desarrollo.

Que no es mucho pedir.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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