Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Crecimiento, población y ambiente

LA MAYOR PARTE DE LOS PAÍSES que hoy tienen un ingreso per cápita alto, tuvieron una etapa de rápido crecimiento económico en la posguerra que significó una transformación acelerada de su infraestructura, desarrollo industrial y provisión masiva de servicios públicos.

 

Sin embargo, su crecimiento no generó megaciudades como São Pablo, Lima, México D.F. y Bogotá, que concentran más del 20% de la población y de la actividad económica del país y que viven niveles nunca antes registrados de congestión, degradación ambiental y contaminación. En Europa se logró un mejor balance e incluso se conservó el paisaje, la identidad cultural y el patrimonio arquitectónico. En América Latina estamos destruyendo en esta transición la tradición arquitectónica, homogeneizando el consumo, erosionando el capital natural y comprando un estilo de vida extranjero.

Colombia está entrando en una etapa de rápida transformación económica, a la que se suman requerimientos de una población cada vez mayor. El país está entre el 50% de los Estados con mayor tasa de crecimiento demográfico en el mundo. No sólo se trata de suplir las necesidades básicas de vivienda, transporte, energía y agua potable a una población desposeída que empieza a tener acceso a servicios que antes no tenía. Por la pirámide poblacional, se agrega a esta demanda la de los nuevos hogares que van formando los batallones de jóvenes que entran en etapa laboral. El crecimiento poblacional es una bomba de tiempo contra la conservación del medio ambiente. Por ello debemos doblegar nuestro esfuerzo en la gestión ambiental. Si no hay políticas adecuadas, producir y consumir más significará más basuras, contaminación y degradación de los ambientes naturales con destrucción de cuencas, contaminación de aguas y ubicación de población en zonas de riesgo. En el caso colombiano, la amenaza es aún mayor, pues basamos nuestro crecimiento en explotaciones mineras.

Los riesgos son muchos y falta una política de poblamiento, no sólo para disminuir la tasa de crecimiento poblacional, sino para orientar la ubicación de la creciente población que requiere infraestructura para vivir y producir. No podemos dejar esto al azar. Por economías de escala asociadas a la concentración de la actividad productiva y del consumo, ciudades como Bogotá están creciendo de manera tan acelerada que ya hoy estamos viendo un deterioro significativo en la calidad de la vida. Grandes ciudades en países que están delante de nosotros en estos problemas, como Brasil, México o China, demuestran que este tipo de ciudades se hacen cada vez más peligrosas y menos atractivas. Es urgente tomar medidas. Debemos definir una política estatal para frenar el proceso de concentración poblacional y de los procesos productivos en Bogotá. Si no actuamos, la dinámica de la mano invisible nos llevará a generar lugares invivibles, insanos y peligrosos.

El PND incluye algunas propuestas de desarrollo urbano sostenible, con apoyo a la arquitectura que construya una mejor relación entre el medio natural y el espacio construido, pero no vemos una política de población que oriente con criterios nacionales los procesos de asentamientos humanos y productivos, ni una propuesta estatal de apoyo para disminuir la tasa de crecimiento demográfico.

 

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