Crecimiento y distribución para una nueva era

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A comienzos de la semana presentaré el nuevo libro, que tiene el mismo título de esta columna, en la Academia de Ciencias Económicas. En la obra sostengo que las deficiencias de las teorías de crecimiento y distribución del ingreso han impedido el adecuado desempeño de las economías, en particular de América Latina. Se considera que el crecimiento es un fenómeno de equilibrio, como sucede en la física con los cuerpos materiales, inducido por los estímulos de mercado y las ganancias empresariales.

La experiencia de los últimos 40 años reveló que la eficiencia y el progreso no resultan del mayor rol del mercado. Los países quedaron expuestos a serias fallas en las áreas de control de la producción y el empleo; la industria, la agricultura evolucionan por debajo de su potencial. La organización monetaria internacional no garantiza los balances externos. Los países carecen de discrecionalidad para mantener el pleno empleo y la estabilidad de la balanza de pagos.

La caída de América Latina ha sido la consecuencia del orden económico mundial. Los países tienden a operar con déficit gemelos en cuenta corriente y fiscal que debilitan el crecimiento, reducen el empleo, resquebrajan la estabilidad macroeconómica y no son sostenibles. Bien pueden terminar en devaluación masiva o explosión monetaria.

No existe otra variable que esté tan relacionada con el sistema económico como el crecimiento económico. El mercado no está en capacidad de impulsarlo y menos de ordenarlo. La organización del crecimiento y sus determinantes requiere una amplia presencia estatal. En la práctica se puede concretar en términos de una estrategia para que el capital, el ahorro, la educación, el sector externo y la industria crezcan por encima del producto nacional.

La distribución del ingreso fue concebida durante siglos en la noción de inmovilidad. El mercado conduce a la máxima eficiencia y la equidad y el crecimiento son separables. No es cierto. En razón de las fallas de los mercados y la presencia de serias deficiencias estructurales, el crecimiento y la equidad están en abierto conflicto.

Las causas de la distribución del ingreso no se exploran en los fundamentos científicos de las economías. Se interpreta como un fenómeno que se manifiesta en forma similar en todos los lugares. En la práctica tiende a diagnosticarse en los resultados. En los pronunciamientos de las Naciones Unidas, los foros de Davos y la revista The Economist se interpreta como algo que se da en forma similar en todos los países y que puede remediarse con políticas generalistas. Lo cierto es que las propuestas universales, como ampliar la educación y aumentar la tributación, resultaron insuficientes.

La distribución del ingreso depende primordialmente de las características de los países. La efectividad de los instrumentos varía con el marco institucional del país. Así, en la experiencia de la globalización se vio que el efecto se contrarrestó en Europa con la política fiscal y en Corea con la estructura productiva. En contraste, América Latina se vio arrasada por la ineficacia de las políticas fiscales de transferencia y la estructura productiva dominada por los recursos naturales.

La verdad es que el crecimiento y la distribución del ingreso están relacionados por un sistema de restricciones que exceden los medios para superarlas. Los dos propósitos están en abierto conflicto. El error está en el intento de resolverlo con supuestos arbitrarios que deforman la realidad. Lo que se plantea, al igual que muchas otras áreas, es una mayor presencia gubernamental para ampliar las variables de Estado y avanzar en estrategias de conciliación de más instrumentos que objetivos, como serían la política fiscal de transferencias, la estructura de comercio internacional, la elevación y la coordinación de las acciones laborales monetarias y tributarias.

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