Por: Pascual Gaviria

Crimen ordenado

Medellín necesita una nueva cartografía.

Un mapa que nos señale el poder esquina a esquina y nos diga quién manda en las calles más azarosas y quién vigila en las más tranquilas. Los especialistas en buscarle un orden a ese pequeño mundo feudal en los barrios altos hablan de 350 combos y cerca de 13.000 hombres armados. Un ejército disperso lleno de pillos altaneros y temerosos, de guerreros que son jefes en su calle y débiles subordinados unas cuadras abajo. Los poderes de cada combo pueden cambiar con el desorden de una fiesta de fin de semana o con un accidente en moto. Cada semana se agitan las fichas de algún parche y todo vuelve a comenzar.

De nuevo la ciudad habla de un pacto para imponer reglas sobre la variada descentralización criminal que parcela las ollas, las tiendas, las maquinitas, las obras públicas, los presupuestos participativos, las rutas de buses. Parece increíble que la reunión de unos cuantos hombres pueda entregar un mandato obligatorio sobre el mundo amorfo y desobediente de los bandidos. Tenemos un crimen más organizado de lo que creíamos. El nuevo secretario de Seguridad no desmiente ni confirma la existencia de un acuerdo y sale del tema con una sentencia vieja: “No auspiciaremos jamás pactos con criminales”. Sin embargo, hasta julio pasado los homicidios en la ciudad habían crecido 20% con respecto a 2012. Luego del pacto —firmado supuestamente el 14 de julio— la cifra de homicidios ya está cerca del 17% por debajo comparada con los primeros nueve meses del año anterior. Una vez más se confirma que la violencia en Medellín tiene autonomía propia y que las autoridades no tienen muchas velas en el crecimiento o la disminución de los entierros.

Don Berna fue extraditado a los Estados Unidos hace algo más de cinco años. Luego de su desmovilización se habló mucho de la “dombernabilidad” y el poder “disciplinario” que ejercía el jefe del bloque Cacique Nutibara sobre los combos en Medellín. Su poder, respaldado por la estructura de las Auc, hacía fácil entender el temor reverencial de los combos. En últimas, Don Berna llevaba años peleando su supremacía barrio a barrio. Además, era lógico que buscara un apaciguamiento que podría mejorar sus condiciones de reclusión y darle legitimidad a un proceso con muchos interrogantes. El Estado estaba observando y tenía a los jefes en la cárcel. Las noticias reseñaban un nuevo pacto ahora entre Valenciano y Sebastián. Una comisión de la Iglesia y la llamada Comisión por la Vida avalaron los acercamientos que supuestamente sólo buscaban “motivar para que la gente no se mate”. La administración del momento miró de reojo.

El pacto actual es el más misterioso de los últimos años. Ya no están los capos de los grandes titulares para dar avales y meter miedo. Tampoco se habla de negociaciones con ninguna de las instancias de gobierno y sólo sabemos que se jugó un partido de fútbol entre facciones enemigas y se dio un encuentro entre duros en Santa Fe de Antioquia. Los Urabeños, la Oficina, los Rastrojos serían ahora los líderes de una división del trabajo que busca repartir roles y castigar a quienes matan por caprichos menores. En el mundo criminal no se necesita un gran prontuario para tener don de mando. Mientras tanto, el Estado y los ciudadanos miramos con curiosidad.

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