Por: Fernando Araújo Vélez

Crisis

Sueltan la palabra como si les doliera, a sabiendas de que provocará una explosión. Entonces dicen crisis muy por lo bajo y asienten y niegan con gestos de pesadumbre, como queriendo decir la situación es más que grave. Y uno los oye y el mundo se le viene encima, y del frío pasa al calor, y del calor al frío y al temblor y de ahí al miedo, porque se quedará sin trabajo, y qué será del futuro, de los sueños y los hijos y la familia y la hipoteca y las deudas.

Uno los oye decir crisis con tanta convicción y pesar, con tanto drama, que no le queda más remedio que creerles. Luego, con los años y otros trabajos y otros jefes, la escena se repite y la palabra sigue provocando explosiones, temor, angustia. Y uno oye que a éste y a aquél les dijeron lo mismo, crisis, y que éste y aquél fueron despedidos por la crisis, y que aquélla, incluso, se botó de un séptimo piso porque no tenía cómo sostener a sus hijos. Crisis, dicen. Crisis, susurran.

Hasta que un día, un día como cualquier otro día, uno empieza a comprender que la palabra crisis es un arma. Que con ella, por ella, a uno lo silencian, lo someten. Gracias a la crisis los salarios bajan, los despidos se multiplican y se justifican, los recortes de lo que sea, o de todo, se permiten y se explican, y si uno revira le ponen a su disposición ciento cincuenta y tantos folios llenos de números con las cuentas de la empresa para revisarlos, seguros de que nadie lo hará, y de que nadie entenderá ese montón de números, de haberes, de debes y demás. Al final le dicen con tono de resignación que las cifras de desempleo han aumentado, y uno tiene que morderse la rabia porque no hay otras opciones, porque hay que pactar lo que sea para no quedar en la calle. Estamos en crisis, repiten, y con cara de derrota emiten comunicados públicos y salen en la radio y en la prensa para solicitar encarecidamente colaboración “de la buena gente de este país”.

Hasta que un día uno empieza a sospechar y a comprender que crisis y desempleo son partes de una moneda que se llama opresión, y supone que esa moneda la entregan en reuniones secretas, invisibles para los simples mortales, donde dictan cursos, también invisibles, con el fin de compartir la ciencia de la opresión. Es allí donde quienes manejan las economías, los trabajos, y quienes deciden cómo debe uno vivir, y cómo debe uno vestirse, y cómo debe uno pensar, aprenden la estrategia de la crisis, por ejemplo. Es allí donde socializan la importancia de difundir el amor por la patria, el amor por la familia, el amor por la Biblia y los dioses, y todos los otros amores y todos los odios. Es allí, en fin, donde elaboran miles de estrategias para que el sistema permanezca intacto, y donde concluyen que la mejor manera de lograrlo es prometiéndole a uno libertad, mientras aprietan el nudo.

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