Crisis de muchos, oportunidades de pocos

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Sin duda, las crisis generan oportunidades. Lo que sucede es que solo son para los que tienen recursos y poder. A la mayoría los ponen en situación de supervivencia, lo que los hace dependientes de los beneficios que los poderosos les den. Me temo que de esta gran tormenta saldremos todos muy envejecidos, pero no necesariamente más maduros. El mundo va a cambiar, se convertirá en uno mucho más desigual. Los países ricos, democráticos y equitativos saldrán fortalecidos, porque demostrarán que el Estado de bienestar construido a través de los años sí los protege, mientras que los países subdesarrollados saldremos más pobres, autoritarios y desiguales, porque nuestros Estados se caracterizan por auxiliar (o favorecer) desproporcionadamente a los más privilegiados, y en la crisis esto no ha cambiado.

Sin demeritar los esfuerzos realizados para brindar apoyos monetarios a quienes más lo necesitan, nos estamos quedando muy cortos en las políticas para mitigar los efectos de la crisis. Una o dos transferencias monetarias alivian, pero no resuelven nada si no se protege el empleo y se inyectan recursos para reactivar la economía. ¿De qué sirven décadas de austeridad económica si en un momento como este no se echa mano de los recursos tan conservadoramente manejados para hacerle contrapeso a esta situación? Lo que tenemos es un gobierno lento, que decreta en exceso y confunde. Los auxilios que tímidamente empiezan a aparecer lo hacen tarde y no siempre le llegan al actor correcto.

Se decide empezar a subsidiar una pequeñísima proporción de las nóminas de las empresas afectadas por la crisis, cuando ya el desempleo ha llegado al 20 %. Entretanto, los bancos, que generaron enormes ganancias en años anteriores, además de beneficiarse por intermediar el pago de los subsidios, ya se venían lucrando, brindando préstamos con intereses absurdos, a pesar de que la tasa de interés nacional bajó significativamente y muchos de estos créditos serían garantizados por el Gobierno.

También se expiden decretos que reglamentan los arriendos dizque para aminorar la crisis. Lo irónico es que el primero protegía únicamente a los arrendadores. Evidentemente los grandes propietarios, los dueños del poder, fueron los beneficiarios. Ahora, dos meses después, finalmente el Gobierno reacciona y permite a los arrendatarios salirse de los contratos, pero igual que el subsidio a la nómina, este auxilio llega tarde, pues muchos de los que están entregando sus locales ya quebraron.

Preferimos seguir distribuyendo alivios —que no son otra cosa que caridad— que dar una discusión real sobre una renta básica para aquellos que la necesitan. Adicionalmente, el Ejecutivo expide normas que buscan ayudar a las empresas, pero, en vez de auxiliarlas directamente, afectan las pensiones, las primas y los sueldos de los empleados, empobreciendo a la población cada vez más. No logramos entender que si las necesidades básicas están satisfechas, la gente se vuelve productiva, creativa y contribuye a fortalecer la economía. Y mientras tanto, el Congreso, alejado de la realidad, aprueba leyes inocuas como la de volver patrimonio nacional el carriel, en vez de legislar para la emergencia. Así las cosas, Colombia se hundirá en la pobreza, mientras los de siempre y como siempre saldrán airosos de esta situación.

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