Por: Ernesto Yamhure

Crisis de partidos

TODO LO QUE HA PASADO ESTA semana en materia política nos obliga a una reflexión profunda y madura sobre lo que está sucediendo en el país. El caso entre manos es muchísimo más grande y trascendental que el debate insulso de la “silla vacía”.

Se habla de una crisis institucional, cuando éstas pasan por su mejor momento. Si lo revisamos con desprendimiento total, encontramos que la justicia está funcionando como nunca nadie se lo había podido imaginar. Independientemente de la condición y filiación de los hasta ahora detenidos, vemos cómo, poco a poco, el esplendor de la verdad ha ido imponiéndose en el horizonte.

Y es esta la realidad que el país quiso que se le pusiera de frente. Recuerdo cuando hace un par de años, en pleno proceso de paz con las Auc, el comisionado Restrepo en una entrevista se preguntó si Colombia estaba preparada para conocer la verdad de lo que había sucedido. Entonces, brincó hasta el gato del vecino. No faltaron los señalamientos, los debates parlamentarios y las rasgaduras histéricas de vestiduras. Ahí la tenemos en toda su magnificencia para que la justicia pueda actuar en consecuencia.

Pero esa puerta hacia la verdad no se abrió por arte de magia, ni por las investigaciones de una ONG. No, todo esto es el resultado de un Gobierno que la ha buscado incesantemente, sin detenerse un instante a calcular el costo político que una acción de esta magnitud trae consigo.

Frente a la circunstancia del Congreso, mucho se ha dicho. Se indica que la institución está fracturada, que las grietas que presenta son inconmensurables y nada de eso es del todo cierto. Acá la única crisis que hay es la de los partidos, puntualmente la de aquellos que conforman la coalición de gobierno.

Es una bancada acobardada, asustada, que no ha enfrentado la situación como debería ser. El ejemplo de lo que hizo Mario Uribe es un reflejo exacto e incontrovertible. Hasta para ir a la cárcel hay que tener dignidad y eso de salir corriendo a buscar asilo en una embajada, no sólo lo dejó mal parado a él, sino que de paso barrió con el Presidente.

¿Cómo es posible que, en medio de esta tormenta, los políticos hayan brillado por su ausencia? ¿Dónde están los discursos contundentes, dónde esta la defensa política? Si esos congresistas que para buscar votos se proclaman uribistas no pueden estar a la altura de las circunstancias, entonces que renuncien de una vez por todas a su credencial y les dejen el espacio libre a quienes sí sean capaces de encarar el tema con entereza, con convicción y, sobre todo, con lealtad no sólo con el Presidente al que dicen respaldar, sino con los millones de ciudadanos que votamos por alguna de esas listas que integran la bancada oficialista.

Que la Corte Suprema y la Fiscalía hagan lo suyo, al margen de las valoraciones éticas de su proceder. Mientras tanto, los políticos deben salir del marasmo en el que se encuentran, sacudirse del pánico que los embarga y, repito, enfrentar el desafío que se les presenta con grandeza.

En fin, toda esta situación nos confirma que, en efecto, acá tenemos a un Presidente extremadamente frentero que, como él mismo ha dicho, “se le mete a todas las candelas”, precisamente porque no tiene rabo de paja y un 84% de opinión publica a la que irresponsablemente la minoría astuta y politiquera ha querido encasillar e irrespetar, ¿o es que la totalidad de los electores de los congresistas detenidos concurrieron a las urnas empujados por un fusil?

Paradojas de la vida. Uribe, que fue el primer gobernante que llegó al poder por fuera de los partidos, como un disidente, resultó ahora esclavo de éstos, porque así unos pocos seudoinvestigadores sociales pretendan hacernos creer lo contrario, los congresistas y las colectividades que crearon se apoyaron en el nombre del Presidente para ganarse las curules que hoy ostentan.

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