Por: Salomón Kalmanovitz

Crisis en EE.UU.

Los economistas e historiadores norteamericanos se preciaban de contar con unas instituciones políticas que habían servido de base al mayor desarrollo económico del planeta.

Maravillosas universidades y centros de investigación habían mantenido la inventiva, con descubrimientos científicos y tecnológicos que habían contribuido a elevar la productividad como nunca antes se había alcanzado. La tributación y el gasto social contribuían a repartir mejor los bienes y servicios que generaba la prosperidad permanente.

Hoy el “sueño americano” se está resquebrajando. Sus instituciones políticas y económicas han sido capturadas por sectores financieros que produjeron una crisis global de enormes proporciones hace tres años, que mal curada anuncia una recaída de consecuencias inconmensurables en el presente. Estos sectores que lograron descargarse de la tributación se combinan con anarquistas republicanos, los partidarios del Tea Party, que insisten en vivir sin impuestos y sin Estado. Esta combinación ha llevado al impasse que paraliza hoy al Congreso de Estados Unidos en la búsqueda de una senda de retorno al equilibrio fiscal.

La agenda política está dominada por sectores que insisten en que la clase media (pero en realidad los ricos) no tienen por qué pagar impuestos. Que la solidaridad social es un vicio de los liberales comunistas. Que no importa dejar caer las infraestructuras, los gastos de los estados y de la salud, lo cual tendrá unos efectos muy nocivos para la productividad y la inventiva yanqui hacia el futuro. Entre otras cosas, el sistema de artes liberales y los tecnológicos de gran calidad pretenden ser sustituido por las universidades con ánimo de lucro, remedos de las beneméritas instituciones de educación superior que se convirtieron en las más productivas de conocimiento en el mundo.

El presidente Obama ha hecho unas concesiones inmensas a los conservadores norteamericanos: recortes a los gastos en salud, aumentos en la edad de jubilación y reducciones adicionales en los gastos de educación, así como que los aumentos propuestos en la tributación sean mínimos. Su postura ha envalentonado a las huestes dogmáticas de los republicanos para hacerle nuevas y más onerosas exigencias en la aprobación de una ampliación del tope de la deuda pública (US$14,3 billones en la actualidad) que, en la versión de la Cámara de Representantes, era demasiado pequeña y habría que revisarla en menos de un año. Esto de por sí causaría una mayor incertidumbre en los mercados financieros, bastante resquebrajados por los problemas de Europa.

La Reserva Federal ha emitido dólares en cantidades excesivas, lo cual de por sí ha devaluado el dólar y producido inflación mundial; con ello, se ha dado una pérdida de valor para los países e inversionistas que han adquirido bonos del Tesoro norteamericano. Las reservas de casi todos los países del mundo, incluyéndonos, están en bonos del Tesoro de EE.UU., que no sólo están generando bajos intereses sino una posible desvalorización calamitosa.

Aún si el Congreso de Estados Unidos alcanza un acuerdo, lo importante es que se logre una senda de mediano plazo que reduzca el déficit fiscal y haga sostenible la deuda pública. Como esto parece imposible, se vienen tiempos tempestuosos: la deuda soberana de Estados Unidos dejará de ser el patrón inmaculado con el que se medía el riesgo financiero y se diseminará una nueva y más profunda crisis por todo el globo.

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