Por: Iván Mejía Álvarez

Crisis juniorista

En Barranquilla la fama dura 48 horas, dicen algunos, mientras que otros afirman que tan sólo son 24.

Ha sido así por los siglos de los siglos. Desde que apareció el legendario Heleno de Freitas hasta nuestros días, el barranquillero, típico exponente de la región Caribe, machaca los egos de sus artistas y tan sólo los respeta el día que los ve llegar. Luego se convierten en normales y entran en la parafernalia local, en el bochinche, el chisme y el chascarrillo. Inclusive el gran maestro García Márquez lo vivió pues cuando retorna el primer día es el genial Gabo y al día siguiente le tocan las nalgas. Así es Curramba y su linda gente, diferentes, propios, auténticos, irreverentes.

Por eso, es necesario entender a Umaña, convencional, tradicionalista, que no conocía a Barranquilla y a su gente. Se queja el técnico con toda la razón de que la gloria tan sólo le duró un torneo y que hoy ya le faltan al respeto y lo chiflan. Campeón en julio, hoy ya le dicen de todo y si ayer era genio hoy es un burro. No es el primero al que le pasa lo mismo, las famas en Barranquilla duran muy poco tiempo.

Tampoco sabía Umaña que los jugadores del Júnior ya cumplieron su tarea por 2010 y que será difícil que él vuelva a meterlos en cintura, a ponerlos física, técnica y mentalmente en orden. Conseguido el título, a los Palacios, Baccas y demás exponentes de la nómina campeona, ahora les interesa la rumba y apretarán un poco al final cuando necesiten meterse en la pelea por otro título. Un punto de los últimos nueve disputados entre Copa Colombia y el torneo dan cuenta de que el rendimiento del equipo va a aparejado con el tema disciplinario y proporcional al número de puntos será el consumo de licor y de jolgorio que “sus profesionales” tengan en las próximas semanas. La historia del Júnior está llena de ejemplos, de casos similares.

Difícil para Umaña entender la situación y recomponerla. Si se enfrenta a la plantillla y pone controles severos, como tiene que ser, como debiera ser, piernas paradas y lo terminarán sacando por la puerta de atrás porque el plantel se le rebela. Tres jugadores disociando son suficientes para que el equipo se hunda y el técnico se vaya .Y si no pone control, esto termina mal porque cuando el carro de la indisciplina arranca es más fácil controlar los arroyos de Barranquilla.

Tiene razón Umaña cuando dice que en Barranquilla hay que triunfar e irse. Lo saben todos los que han ganado allá, incluido Julio Comesaña, víctima de la indiferencia de una familia que le entregó un equipo destruido y a punto de irse a la B, lo calificó dos veces finalista, lo llevó a la Libertadores, con activos jóvenes superiores a los cinco millones de dólares, y tuvo que salir en medio de la indiferencia y las malas caras.

Umaña ya sabe cómo es el tema y en su sapiencia y experiencia como técnico están las soluciones. Lo único seguro es que ésta, la solución, no pasa por amenazar a los curramberos con irse. En Barranquilla hasta le cargan la maleta para que salga más rápido.

 

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