Por: Eduardo Sarmiento

Crisis mundial y revaluación

En esta columna anticipamos hace más de un año que la economía de Estados Unidos se dirigía a la recesión. Desde hace más de seis meses advertimos que la crisis hipotecaria había generado serias deficiencias de liquidez y temores que se manifestaban en un cuantioso desbalance entre el ahorro y la inversión.

Recientemente señalamos que la política de bajar las tasas de interés y colocarlas por debajo de la inflación, no evitaba el descalabro de la bolsa y la inyección de recursos para salvar grandes instituciones no estaba en condiciones de resolver la crisis.

La crisis financiera redujo la capacidad de prestar de los bancos y movilizó a los inversionistas hacia los activos de bajo riesgo, y en conjunto propiciaron una contracción monumental de la liquidez que se manifiesta en un sobrante de ahorro que precipita la economía en recesión. La tasa de interés no resuelve el problema porque carece de credibilidad. El expediente ha generado una explosión de liquidez mundial que causa presiones de revaluación y lleva a intervenciones en el mercado cambiario. Hasta el momento no ha tenido una correspondencia en el resto del mundo. Por el contrario, las tasas de interés se han mantenido constantes en Europa y en algunos países, como los de América Latina, donde han subido.

El resultado ha sido una monumental devaluación del dólar, elevación de la inflación y menor actividad productiva. Los inversionistas son los que mejor perciben que la política de bajar las tasas de interés para sostener la bolsa no es sostenible, más aún, podría revertirse, y están prestos a trasladarse a títulos de menor riesgo. Así lo confirma el comportamiento reciente. La baja sistemática de la tasa de interés no ha detenido la caída de las cotizaciones y no deja de insinuar un desplome.

El mayor escollo es la vulnerabilidad del sistema financiero. Las instituciones han registrado pérdidas que disminuyen su capital para apalancar créditos. Por lo demás, el pánico y la incertidumbre reducen el apetito por préstamos y por títulos basados en colaterales de calidad incierta. En realidad, las instituciones bancarias no están en capacidad de absorber la liquidez ni de difundirla.

La síntesis no podía ser más escéptica. Los usuarios se han vuelto adversos al riesgo, los inversionistas están con un pie afuera de la bolsa y el sistema financiero está abocado a una enorme contracción del crédito. En este contexto, los rescates y las inyecciones de recursos por la vía del sector financiero no dejan de ser una gota en un desierto. La economía estadounidense queda expuesta a excedentes de ahorro que la precipitan y mantienen en recesión.

Las repercusiones mundiales no podían ser más serias. Ningún país emergente, como sería el caso de Colombia, está en condiciones de operar con las tasas de interés negativas de Estados Unidos sin experimentar una explosión del crédito que amplía la demanda y genera fuertes presiones inflacionarias. Las economías que operan con tipo de cambio flotante quedan expuestas a un proceso de revaluación devastador, que induce mayores entradas de capitales y obliga a grandes emisiones monetarias para moderarlo. Se consolida un modelo de crecimiento con déficit progresivo de la balanza de pagos y reducida capacidad de generación de empleo. En efecto, en el primer trimestre se registraron las tasas de desempleo más altas de América Latina, la revaluación se desquició y la economía entró en una senda de crecimiento cercana a 4,5%.

El expediente de Estados Unidos es irregular y desleal. Dentro de un sistema financiero mundial regido por tipos de cambio flexibles, y en general por el mercado, la Reserva Federal está haciendo uso del privilegio de moneda de reserva para establecer el tipo de cambio en forma unilateral e inundar el mundo de liquidez. Si los países persisten en los sistemas de cambio flotante, quedarían expuestos a revaluaciones devastadoras o a políticas monetarias expansivas que ocasionarían fuertes presiones inflacionarias, que terminan en devaluaciones masivas y disparo de la tasa de interés.

Lo menos que puede hacer el Banco de la República es advertir que está inmerso en un mundo de tipo de cambio fijo. El primer paso es intervenir el mercado cambiario para establecer el tipo de cambio en un nivel predeterminado y esterilizar la emisión monetaria. Sin embargo, el dispositivo se manifestaría en una elevación  de la tasa de interés interna que atraería más capitales y ampliaría las necesidades de intervención, reduce la actividad productiva e introduce serios riesgos de alteración financiera. De hecho, se plantea complementarlo con un impuesto a los ingresos de divisas a la totalidad de los capitales, o la entrega de un certificado de cambio, que elimine el estímulo de ingresos de capitales y realice la esterilización monetaria en el origen. La fórmula lograría el triple propósito de levantar el tipo de cambio, evitar la presión inflacionaria y mantener bajas tasas de interés. Así de simple.

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