Por: Adolfo Meisel Roca

Crisis y avances

¿CÓMO NOS IRÁ CON LA CRISIS ECOnómica? Esa es la pregunta que por estos días se hacen muchos colombianos.

Pero hay rasgos paradójicos de la crisis. Durante los últimos años el país ha hecho las cosas más o menos bien en materia económica. Que, por supuesto, podrían haber sido mejores. Muchos hubiéramos preferido una mayor reducción del déficit fiscal durante el auge, menos subsidios a los ricos, mayor eficiencia en las inversiones en infraestructura. Sin embargo, dadas las restricciones institucionales y, sobre todo, políticas, el resultado global ha sido bastante positivo. A pesar de ello estamos esperando desde hace meses un tsunami económico producido por un movimiento telúrico en Estados Unidos. Es decir, el que un país pequeño como el nuestro haga las cosas más o menos bien, no es suficiente para evitar que la ola de origen externo se estrelle con fuerza contra el litoral.

Lo paradójico, me parece a mí, es que la crisis venga en momentos en que el cambio tecnológico vertiginoso nos sigue cambiando la vida, día a día, a casi todos los habitantes del país y del mundo entero. El celular es uno de los ejemplos más claros de este fenómeno. Habiendo nacido a mediados de los años 1950, aún recuerdo que en unas vacaciones que pasé en Tolú en 1971, cuando fui a llamar a mi  novia de entonces desde la oficina del servicio telefónico, ubicada en la plaza, descubrí que las llamadas las hacían con un viejo conmutador de manivela. Además, había que hablar a gritos para que del otro lado lo escucharan a uno. El mejor programa de muchos parroquianos era ir a la oficina de la telefónica para escuchar, sentados en unas largas bancas, las conversaciones de quienes llamaban de larga distancia. ¿Quién chuzó la llamada del forastero? Todo Tolú, señor.

Pocos años después me encontraba preparando mi tesis de grado en economía. Para ello usaba una máquina de escribir Olivetti modelo Lettera, que era manual. Hacer notas de pie de página y cuadros estadísticos era una dispendiosa tarea de manualidades, con regla, lápices y líquido corrector, para tapar los errores. De igual forma, las posibilidades bibliográficas eran limitadas, pues si uno estaba en una ciudad como Cartagena no tenía acceso a ninguna biblioteca pública, y no había posibilidades de préstamos interbibliotecarios. Para quienes nos aventuramos a trabajar en esa época en los archivos, como el Archivo General de la Nación, no había las posibilidades de adquirir microfilmes. Además, para los estudiantes el precio que cobraba el Archivo por las fotocopias era elevado, así que uno tenía que depender de los apuntes que pudiera hacer.

Hoy en día, gracias a los adelantos de las comunicaciones y la tecnología informática, quienes nos dedicamos a la investigación trabajamos en condiciones que son totalmente distintas. El acceso a internet expande las posibilidades de información de forma exponencial y los nuevos programas permiten la manipulación de gigantescas bases de datos. Las conexiones electrónicas con las mejores bibliotecas del mundo implican que en varios aspectos es lo mismo estar en New Haven que en Cartagena. Sí, crisis… pero también avances.

 

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