Por: Mauricio García Villegas

Cristianos, ateos y comunistas

Cuenta el rector de Eafit, Juan Luis Mejía, que a principios de los 70, en un congreso de periodismo en Medellín, un grupo de representantes estudiantiles, entre los cuales estaba Jorge Orlando Melo, emitió un comunicado que criticaba la hegemonía católica de los medios de comunicación y hacía un llamado al pluralismo informativo. Al otro día, el periódico El Colombiano tituló la noticia en estos términos, “Comunistas sabotean congreso de periodistas”. Dice Juan Luis Mejía que la abuela de Jorge Orlando quedó consternada al enterarse de la noticia, pero que cuando su nieto le explicó lo ocurrido, ella respondió diciendo, ¡ay, siquiera es por comunista, mijo, yo pensé que era por protestante!

Esta anécdota, que hoy parece graciosa, se refiere a un asunto que, hace 50 años, era muy serio. Lo peor que le podía ocurrir a una persona era no ser católico. Hoy, en cambio, ser protestante es algo normal y a veces muy bien visto; y ser ateo ya no produce esa reacción de defensa colectiva contra un enemigo público que se veía antes. Esta semana pasó por Colombia Richard Dawkins, uno de los ateos militantes más famosos del mundo. En Bogotá charló con el teólogo jesuita Gerardo Remolina y estuvo en otras ciudades del país en donde dijo que Dios era un espejismo malsano para el avance de la civilización. Que El Colombiano no ponga el grito en el cielo por esta visita es sin duda un signo de progreso.

Pero las cosas tampoco han cambiado tanto. Esta semana fue publicada una encuesta de Cifras y Conceptos sobre la religiosidad de los colombianos. Allí se observa cómo esta sociedad sigue siendo profundamente religiosa: el 74 % de los encuestados se dice católico, el 16 % protestante y tan solo el 3 % se considera incrédulo (agnóstico o ateo). De otra parte, el porcentaje de personas que se ha sumado a las filas del protestantismo (a costa de las mayorías católicas) pertenece a las versiones más conservadoras y oscurantistas de esa religión, lo cual hace aún más difícil la secularización del país. Mientras un porcentaje importante de los católicos han hecho de su religiosidad un asunto personal y se han vuelto pluralistas y tolerantes en asuntos morales, los protestantes colombianos han recorrido el camino inverso.

También hay que dudar de los resultados de la encuesta. Cuando las preguntas están cargadas de sentido moral, como en este caso, mucha gente no responde lo que piensa, sino lo que suena bien. Por eso es probable que el número de incrédulos sea mayor que el reflejado por la encuesta. Pero también es cierto que dejar de creer en Dios no significa dejar de ver la realidad social con una mirada religiosa.

Siendo así, si quisiéramos abordar este asunto religioso en términos de avance o retroceso de una sociedad pluralista y moderna, el resultado parece nulo, con un crecimiento no solo de los cristianos retrógrados sino de los católicos mansos.

Quizás lo importante no es saber si las personas son creyentes o no, mucho menos si son católicas o protestantes, sino si han dejado de ver en su fe (en dioses, en fuerzas superiores o en ideologías redentoras) la única fuente del bien y del mal. Lo pongo en términos simples, aunque un poco reductores: lo importante es saber si el dogmatismo ha disminuido.

Cuando digo esto pienso de nuevo en la anécdota que cuenta Juan Luis Mejía. Si esos hechos ocurrieran hoy en día y a la abuela de Jorge Orlando Melo le preocupara el dogmatismo más que la fe, tal vez le habría parecido igual de preocupante que su nieto fuera protestante o comunista.

 

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