Costas extrañas

Críticas ficticias de libros que no existen

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Tomaré en esta columna los desvíos de la ficción: comentaré una serie de autores y de libros que he fabricado sin ninguna pretensión, salvo, quizás, la de burlarme de esos autores y de sus pretensiones. Si el título de alguno de estos libros se parece a uno publicado o alguno de los apellidos coincide en alguna medida con el de un autor, no se trata de una alusión velada sino de una carencia de imaginación.

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Con su último libro Romero ha cometido la hazaña de escribir un libro en español que requiere con urgencia una traducción al español.

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Cáceres nos deleita con una novela cuyo fondo armoniza con su forma: habla sobre la violencia a las patadas.

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Habría que aclararle a Ruiz que los signos de puntuación no son para respirar. Si así fuera, le recomendaría asistir pronto al doctor por sus problemas fatales de arritmia pulmonar.

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Dicen que con La noche del tropelario Zorrilla ha escrito la novela del año. Creo, en cambio, que ha escrito la del minuto.

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En Al filo de la brújula Bernárdez cuenta sus fervorosas relaciones con el escalope vienés, con la cerveza negra de Praga y con la solianka del barrio ruso de Nueva York. Nuestro chef asegura que, como menú, es insuperable. Como libro, le falta cocción.

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Fernández dice en Cuando las piedras no callan que quiere desenterrar la verdad. Pero tiene una pala muy chiquita.

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En sus obras completas, a Quintero le falta trabajo de mampostería.

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Para un escritor que viaja tanto, Soporín agarra poco vuelo en su última novela.

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El Marqués del Prado demuestra con su novela Esto no es un fuego fatuo que escribir verga en tres párrafos continuos no asegura ningún vigor.

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Vilas asegura que su esposa es su lectora más fiel. Nunca se habían dado tantas buenas razones para la infidelidad.

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Cuando le preguntan a Bodolín cuál es su libro preferido, responde que ninguno, puesto que él se inspira más en las salas oscuras del cine. Con razón se le van tan fácil las luces.

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Jiménez es un pionero: con La barricada de mi corazón ha inaugurado el género doméstico de la Papelería Bañística.

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Cuando Cárdenas afirmaba que su nueva novela era un retrato crudo de la guerra, ¿lo de crudo iba en serio?

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Para ser una novela con tanto adverbio terminado en mente, hay muy poca de ella.

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El verano estragado del coronel tiene tanto realismo mágico que apenas empezada se elevó desde mis manos hacia el cielo entre sábanas y voló y voló y voló...

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El gusto sin igual que produce el nuevo poemario de Escobar está, sobre todo, en el bife bañado en queso azul que se puede comprar con el dinero de su reventa.

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Los poemas de Pedernal me dejan con la sensación ardiente de que no sólo la política puede indignarme hasta el punto de querer quemarlo todo.

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Como las nubes que describe, pasajero.

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Que la narradora sea una niña no le da derecho a Martínez de escribir a media lengua.

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Pedregal: si va a escribir un poema sobre escribir un poema, recuerde que al final no escribe ningún poema.

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Cuando García Márquez propuso eliminar la ortografía, era una broma, Juvenal, no una invitación.

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El libro de Pombo prometía una travesía fantástica. Es una lástima que hubiera que aterrizar de emergencia.

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En la prensa anunciaron que era un heredero de Rayuela. Pero todo era un juego.

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Soto deslumbra en Oropel de ánimo fantasmal con palabras que tienen la función de una tuerca: dar y dar vueltas para tapar un hueco.

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Galindo prometía movernos las entrañas con su nueva novela. Yo quiero removerlas.

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Tras una relectura de la reciente recopilación de cuentos de Padilla reafirmo mi conclusión: es mala mala.

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Si el silencio es tan sagrado como lo describe en Los urapanes murmuran, ¿por qué se empeña en interrumpirlo?

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No es cierto que cientos de árboles se hayan desperdiciado en la impresión del nuevo libro de Castellanos: el reciclaje hará justicia.

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Su libro Con la gravedad no se juega tiene mucho de verdad: se cae de las manos.

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Como en la cintilla se afirma que es un libro “soberbio”, entendí que nos llevaríamos bien y lo dejé a un lado.

CODA

Un lector constante de esta columna, José Bernardo Mayorga, me hizo una anotación interesante sobre la columna anterior. Escribí que en el verso “ya conocéis mi torpe aliño indumentario”, que hace parte de Retrato de Antonio Machado, la palabra torpe era irremplazable: quien la quitara arruinaría su número de sílabas (el verso debe tener catorce: es un alejandrino) porque torpe y la primera vocal de aliño formaban una sola sílaba, mientras que conocéis se dividía en cuatro sílabas y no en tres por medio de una diéresis. Pero José Bernardo me hizo caer en cuenta de que el verso se divide en dos partes individuales (hemistiquios), cada una de siete sílabas. Y como son individuales y cada una anda a su voluntad, pues torpe no se une a aliño y puede ser reemplazado por otro adjetivo de dos sílabas (como los bonitos tosco e inhábil que propone José Bernardo) sin que cambie el número de sílabas.

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