Por: Juan David Ochoa

Croacia

La máxima de Valdano siempre será vigente sobre la seriedad de los mortales y sus espectáculos: “El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes”. Esa sentencia destroza toda trascendencia intelectual sobre un mundo propio: la eterna y pequeña síntesis del sufrimiento efímero, la voluptuosidad anímica del duelo con una muerte que puede volver al mundo a resarcirse, la intensidad de los cuerpos que disputan en silencio su sincronía y sus esquemas, sus embestidas, sus boicots; la defensa y los ataques al filo del fracaso o la leyenda, la resignación y la furia, la solemnidad y el desamor.

Croacia es esa síntesis que sobrepasa incluso la sentencia de Valdano y raya los picos de la seriedad; esos pequeños silencios llegaron a los anfiteatros modernos sin la atención de los flashes, bajo el ruido de los protagónicos y entre las promesas de las selecciones top que defienden siempre la titularidad de su grandeza por la presión de un estatus mecánico. Pero llegaron tarde al fulgor de los mundiales: su país, ese invisible asterisco en el centro de Europa, independizado de la matriarca Yugoslavia en 1991 y heredero de la vieja tradición de un reino, pudo resistir los años más crudos de su sobrevivencia: la Guerra de los Balcanes que hizo tronar todos los vidrios y exterminó todo lo que pudo en la demencia genocida de una disputa racial. Y solo ellos, los integrantes de la selección que ahora buscan la gloria con los mandatos míticos de Šuker, pueden usar la hipérbole justificada de venir de una guerra y de una mortandad para defender la solemnidad más importante entre las menos importantes, y defenderse en grupo con la misma fiereza con la que defendieron sus vidas en la contienda oficial del mundo donde la muerte no tenía otra oportunidad. Llegaron aquí con los recuerdos de la niñez de Luka Modrić, su capitán, quien usó un balón en su cuarto para disipar el terror y ensordecer las balas, y con los sellos de guerra de Mandžukić, quien se tatuó la memoria de los muertos que vio caer mientras empezaba a comprender la diversificación de las trascendencias y las prioridades.

La histeria colectiva que se tomó las calles de Zagreb tiene otro contexto más allá del patriotismo básico de honrar una bandera y el nombre de una nación; es la reivindicación de una historia que termina de unificar sus cabos sociales en esa metáfora vital del futbol que los nombra revividos en otra disputa simbólica que los reafirma. Las mujeres que retomaron las rutas de la historia sobre sus padres y abuelos muertos están también al frente de la fiesta: su presidenta, Kolinda Grabar-Kitarović, y la manager del seleccionado, llamada por ellos “la tía Iva”: la única mujer que ha ocupado un cuerpo técnico en todo el certamen.

Con la misma intensidad, mañana irán sin la trascendencia desmesurada de un juego y con la frialdad de quienes conocen las largas escalas de la ansiedad: el trofeo será la más seria de sus mínimas proezas.

P.D.: Se ha publicado el primer número de La Trenza: fanzine de poesía escrita por mujeres en Colombia. Un proyecto independiente liderado por Camila Charry, Tania Ganitsky, Carolina Dávila, María Tabares y Jenny Bernal. La publicación entrelaza periódicamente la poética de autoras posicionadas y emergentes con previos análisis e ilustraciones que le dan a cada publicación un engranaje de estética y profundidad poco habitual entre los pocos proyectos literarios del país. Todo mi respeto y mi admiración, y mis deseos de larga vida a la difusión de mujeres con talento que han sido relegadas por la tradición obtusa del cavernismo. 

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