Crónica de errores

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Has dejado olvidada tu cartera en un taxi. Allí existían desde cien mil pesos que intentaban sobrevivir a los seis días que faltaban al fin de mes, hasta la memoria USB que guarda documentos e imágenes que hacen de tu trabajo un espacio para la alegría. Pero ahora la alegría se ha extraviado. También estaban las tarjetas —de crédito no, la del salario— y esa que te permite ir a cine a un precio más económico. En fin: una tragedia para ti, nada comparada con las que viven los seres que te encontrarás cuando inicies los trámites para rehacer esos plásticos que confirman que existes.

Cometido el error, ya no hay marcha atrás y la cascada de equivocaciones se viene con ímpetu impensable. Lo primero, la cédula de ciudadanía. No lees bien a qué dependencia de la Registraduría llegas y pierdes casi media hora hasta que te enteras, por la gran cantidad de mujeres-niñas recién paridas que están registrando a sus hijos, que te has equivocado de dependencia. Entonces, contagiada del aburrimiento de estas nuevas madres, te diriges a donde debiste llegar hacía cuarenta minutos. Como no tienes SISBEN, debes consignar $41.100 pesos, sacar una cita por internet y reclamar tu duplicado que te será entregado en veinte días. Apenas sales de la oficina se acerca una mujer y te dice que te consigue la cita por sólo tres mil pesos. Accedes y en cuestión de minutos te asignan una cita para la una de la tarde del día siguiente.

Abordas el metrolínea con destino al Banco. Consigues una silla de milagro. Detrás de ti suben los chicos con acento venezolano quejándose de su país y mal rapeando para conseguir unas monedas negadas por los pasajeros de rostro a punto siempre de lanzarte un insulto. Los mendigos-raperos no encantan y se bajan en la estación más cercana llevando en sus manos unas escasas monedas. Como tienes que recorrer casi cuarenta minutos para llegar a tu destino, es posible hacer un conteo de errores en cada estación: el tumulto de pasajeros intentando salir del metro y la otra muchedumbre tratando de entrar, nadie cede y se arma la alharaca; la mujer de rostro quemado —¿con ácido?— con un inmenso cartel en su pecho que aguarda la moneda en el semáforo para reconstruir su rostro: “Ella vive de su desgracia”, me dice mi vecina de puesto. Sube un chico de rastas hasta la cintura, con una chica de ojos profundamente negros y el cabello cortado al rape; ante esta entrada, las miradas los persiguen como un rumor silencioso. Y todos se olvidan de sus asuntos para murmurar sobre este desajuste humano.

Llegas por fin al Banco que está situado en el llamado Centro de la ciudad, allí donde tienes que calzarte el morral hacia adelante; allí donde los vendedores han fundado un mercado en los andenes y han desarrollado la más insólita destreza para mimetizarse ante la llegada de la policía que, cual asaltantes legales, tienen autorización para decomisar las baratijas. El Banco aparece ante ti, y son las diez de la mañana. No le cabe un cuerpo más, pero logras entrar. Lo más probable es que lleguen las once y treinta de la mañana y no te acerques al cajero, pero qué le vamos a hacer, ya estás acostumbrada al error como fatalidad. Recuerdas entonces que la equivocación es el terreno mejor abonado en el país que te tocó habitar.

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