Crónica negra, ‘made in’ El Espectador

Me he deleitado con el especial de los 123 años de El Espectador. He recordado las plumas de Silvia Duzán y Fernando Garavito.

Siempre la muerte rondando entre nosotros: por un lado los crímenes de crónica roja, alrededor de las galladas de Unicentro en los setenta, y por el otro el asesinato del gran defensor de los derechos humanos Eduardo Umaña Mendoza (se le olvidó por esos día a Fernando Garavito resaltar el aporte de Umaña Mendoza en las investigaciones sobre la infamia de los militares en el Palacio de Justicia).

Eso sí, lo que más me gustó fue la crónica de Fernando González Toledo. Para mí, un gran escritor “menor” de nuestras letras. Su crónica sobre los libros de folletín y las revistas de cómics en un barrio de Bogotá parece sacada de una antología de literatura fantástica: ¿el conejo de la suerte, promotor del suicidio? Y aparte de la lectura dejando “finca”, es inconfundible el estilo de González Toledo cuando nos cuenta la historia del “memorialista”, un escribidor de cartas de amor en esa misma tienda.

En esta crónica, “Romances y aventuras a cinco centavos la hora”, en plena época de las dictaduras civiles y militares y de la Violencia, González Toledo nos muestra que en otro plano, al menos, Colombia ha mejorado. Los 140 visitantes al día de la Biblioteca Nacional de 1953 podemos contarlos en una sola actividad de la misma Biblioteca, como los “jueves de la filosofía” que empezaron el 25 de marzo (van hasta mayo). Y si antes diciembre era un mes malo para la lectura, con las bibliotecas públicas de Bogotá la gente lee todo el año.

Queda uno con ganas de seguir leyendo a González Toledo, pero sólo hay un libro suyo (compilación de 20 crónicas policiales, hecha por su amigo, el poeta Rogelio Echavarría, en 1994). Valdría la pena que se editaran sus crónicas dispersas en diarios como La Razón, Sucesos, El Tiempo y en su casa, claro, El Espectador. Se requiere también un trabajo investigativo sobre su obra (ha habido esbozos de William Ramírez, Poppel y Olga López).

El espectro de González Toledo, por otra parte, sigue recorriendo las aceras cansadas de su Bogotá, de la mano de la ficción: en 2005 fue el personaje central de la novela de Arturo Alape (q.e.p.d.) El cadáver insepulto, y una de sus crónicas, “El cadáver viajero”, inspiró la prometedora y semifrustrada película de Libia Stella Gómez La historia del baúl rosado. Seguro le hubiera gustado verse ahí. Incluso, me da por pensar que en Soplo de vida, de Luis Ospina, ese detective tiene algo de González Toledo…

 Gabriela Amar.  Barcelona.

 

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