Por: Valentina Coccia

Crónicas de Transmilenio (Cuadros bogotanos II)

Las diarias experiencias en nuestro sistema de transporte público nos acarrean más que nada decepciones, tristezas, iras y pasajeros enojos que se van disipando con el pasar de las horas. Cotidianamente subirnos al Transmilenio es una pequeña lucha. Amontonándonos junto a las puertas recibimos siempre algún codazo de otro transeúnte. Generalmente debemos correr detrás del bus que se nos escapa, o debemos abrir la puerta a trompicones porque permanece cerrada mientras el articulado pasa efímeramente por la estación. El transporte público, y especialmente el nuestro, a veces no es más que la triste metáfora de nuestra vida moderna: siempre con afanes, recibiendo las tibias taquicardias por estrés excesivo, sin el tiempo de detenernos ni un solo minuto, tratando de reducir las enormes distancias a través de unos tiempos estrechos.

Sin embargo, a pesar de todos estas prisas y enojos, debo decir que los sistemas de transporte público nos han otorgado el regalo de lo efímero. Entre miles de rostros que nos cruzamos diariamente en buses y Transmilenios, siempre podremos vislumbrar una historia bella o una fotografía inolvidable, un momento de lúcida poesía cuya gracia reside precisamente en los contados segundos que pasa ante nuestros ojos. Montarse en el Transmilenio, en el metro, en el tranvía, en el bus o incluso en el tren puede tener dos efectos diametralmente opuestos entre nosotros. El primero es que nos volvamos completamente ciegos ante la belleza, y el segundo es que nos convirtamos en observadores más agudos de nuestra realidad. Si logramos desarrollar el segundo efecto es posible que nuestra mirada del mundo, a veces tan opaca y tan gris, se convierta en una mirada más positiva y lustrosa, que nos permita observar desde el corazón y no desde los gélidos ojos de la mente.

En la historia de la literatura moderna muchos encuentros inolvidables tuvieron lugar en tranvías y trenes, aprovechando los menudos instantes de estos encuentros sigilosos para plasmar en el papel grandes obras de la literatura universal. Por ejemplo, se me ocurre pensar en el bello encuentro que un viajero cualquiera tuvo con Pózdnyshev en Sonata a Kreutzer de Tolstoi. Los instantes de una breve conversación le permitieron al viajero conocer los intrincados caminos del corazón de Pozdnyshev, que al final del encuentro termina siendo un extraño más, un transeúnte más que de casualidad se topó en el camino de una persona sin nombre para hundirla en profundas cavilaciones y para despertarle los más hondos pesares y reflexiones.

Me gustaría compartir con ustedes algunos momentos que tuve la dicha de observar pasajeramente en Transmilenio, para que cuando se suban agudicen los ojos y no se pierdan esos bellos instantes. Hace unas cuantas semanas me subí apurada porque iba tarde para un ensayo. Como siempre me tocó pelear en la puerta para poderme subir y una vez arriba lidiar con los empujones que me apretaban de un lado y de otro. Entre tantas manos que invadían la lucidez de mi mirada, entre tantos brazos que colgaban como lianas desmadejadas de la selva amazónica, pude ver de lejos a una madre sentada en una silla azul. Su panza redonda, en espera de un tierno bebé, se erguía orgullosa como una intrépida montaña. Entre las piernas llevaba a su otro hijo, de aproximadamente dos o tres años. El niño acariciaba la panza de su madre hundiendo la naricita en su ombligo, tratando de abarcar con sus pequeñas manitas toda la extensión del vientre de su mamá. El niño sonreía tiernamente y a veces pegaba el oído al redondo refugio como escuchando los secretos que su futuro hermanito tenía por decirle, a lo mejor creando confidencias imaginadas y lenguajes privados. La madre sonreía orgullosa, acariciando las mejillas de su hijo, llenándolas de pellizcos alegres y cosquillas inocentes. En un momento ella comenzó a cantar una especie de canción de cuna, que su hijo tarareó con ella con su emotiva voz de niño. Pocas estaciones después tuve que bajarme para el transbordo, pero haber tenido la oportunidad de observar esos pequeños instantes me sobrecogió el corazón de alegría, llevándome conmigo esa bella foto de amor fraterno.

Muchas otras historias como esta pululan en nuestro sistema de transporte. Observemos con más atención, para que recuerdos como estos nos hagan creer, así sea por un instante, que el amor, la compasión y la alegría son fantasmas que aún habitan este mundo afanoso y sin corazón.

[email protected], @valentinacocci4

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