Por: Diana Castro Benetti

Crónicas personales

Somos crónicas personales. Mitad ficción y mitad otras cosas. Vamos andaregueando con lo que nos ponemos todos los días mezcla de corbatas, amores, recuerdos y reacciones inevitables.

Nuestras crónicas se impregnan de los heroísmos de seres imaginarios, náufragos, brujas y cenicientas globales como ídolos que viven sus fantasías y que poco o mucho les gusta hablar de las maldades diarias o de los fracasos cotidianos.

Cada día, como buen itinerario que es, hace del tiempo y el espacio una crónica personal. Una especie de relato vivo que activa trampas para lo que queremos ser y desata la imaginación sobre lo que hemos sido. Y así, de memoria en memoria, convertimos el pasado en una camisa de fuerza, ajustado a la talla y tan apretado que se convierte en dictamen y cadena. Ese ayer es también una creación propia y de ficción, donde cada acto de lenguaje en el presente contiene la seriedad, la tristeza, el dolor o la negación. Ese pasado, cargado de lo que ya fue le niega su terreno a las incoherencias, las irresponsabilidades y la innovación. Sin ni siquiera pensarlo vamos vendiendo y amarrando los sueños de lo que queremos ser a los días viejos y vamos hipotecando el futuro a los miedos propios y a los ajenos.

Dicen los sabios de las culturas indígenas americanas que la historia personal es un invento inútil. Cada relato individual está cargado de ideas fijas y de pasiones poco renovadoras. Y es por esto, que la libertad sólo surge cuando se hace el esfuerzo consciente de diluir la historia personal, ésa que está paralizada y que muerde las ganas y hurta la alegría. Cada relato armado requiere de su otra ficción y obliga al esfuerzo de desvanecer lo hecho y lo que ya se ha sido. Es, por fin, aceptar que la memoria no es estática sino el invento presente de cada ayer, un relato mitad ficción mitad otras cosas.

Ir hacia atrás para el desprendimiento es recurrir a la tecnología delicada de desatar los nudos con respiraciones profundas, uno a uno, sin cautela y con la intención de un guerrero atado a su camino con corazón. Recordar es crear versiones mejoradas de nosotros mismos y reconfigurarse requiere de acciones libres, voluntarias y aguerridas. Reinventarse obliga al perdón de sí y a la liberación de los otros. Sin tapujos ni sospechas, es llenar de vida los actos, perturbar las relaciones, los sueños y hasta permitirse abrir los brazos con un grito al entrar en el mundo de la infinitud y de lo imposible. ¿Qué nos lo impide?

 

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