Por: Diana Castro Benetti

Cruces de aquí y de allá

El espacio puede existir por sí solo, sin tiempo, pero el revés pareciera impensable.

Por esto, cada cruce de fascinación y amor sucede en los instantes, los días, habitan los años y acaban existiendo en calles, avenidas y plazas o aparecen inesperados en los terrenos baldíos y los bares de los amigos buscando rellenar, con otros seres, las soledades.

En una vida cualquiera los cruces dentro, en el cuerpo, son diferentes. Son inasibles hasta que duelen y anuncian los recorridos de lo que no vemos. Suceden cada segundo y son tan imperceptibles que ni notamos la diferencia entre las bisagras de tensiones en las rodillas, las muñecas, el cuello o entre aquellas cargadas de expectativas y pasiones como las caderas y el corazón. Muchas de estas confluencias son sutiles, femeninas y tan de adentro que pocos se percatan de sus beneficios; otras son más agrestes, rudas y su evidencia sofoca la curiosidad. Los enredos de tejidos, músculos, células y compases son más que una danza corporal hecha una creación que se agita muy dentro de nosotros. Cruces corporales que van dictando la vitalidad, el ritmo, las pulsiones, las sensaciones y los colores de toda una vida. Cualquiera.

En el yoga, las percepciones de lo que sucede dentro y con el cuerpo son esenciales para reconocerse como un canal de comprensión y aceptación individual a la vez que un motor pacífico de transformación social. Percepciones que hacen del universo lejano e inaccesible la esencia misma de lo tangible. Por eso, en la quietud, amando sin moverse y con las mezclas de los amores hecha añicos, respirar con la conciencia atenta permite seguir el camino esotérico, misterioso, vital y justo: el camino de las delicias. Un itinerario diario que empieza al levantarse e inhalar la lentitud de un recorrido imaginario que surge en el cóccix ascendiendo poco a poco por la columna vertebral hasta alojarse en un espacio equidistante entre oreja y oreja. Esta es la ruta directa hacia un punto en el cerebro dónde los circuitos tienen sus propios mapas y hacen de sus sabores una conjetura del placer cósmico. Gotas doradas de coco y miel, en cada respiración, el néctar afrodisíaco se derrama desde la pituitaria hasta la nariz pasando por el paladar y la lengua. Un cruce de magia que sigue siendo el secreto de los dioses.

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