¿Cuál es el afán?

Noticias destacadas de Opinión

Si preguntase cuál es el afán de abrir de par en par las puertas de los aeropuertos, terminales de transporte, terrestres, marítimos y fluviales que hay en Colombia, al COVID-19, no dudo que me responderían en manada los de pensamiento claro: ¡salvar la economía, pendejo!

Y es que no hay día en el cual los periódicos regionales, ni siquiera son los gremios y voceros de los sectores que aglutinan a unos y otros de aquellos, no salgan con titulares de primera página y editoriales pidiendo, a tinta corrida, que se reabra el aeropuerto tal o el puerto cual, para que llegue el turismo nacional e internacional a “reactivar el sector y el empleo”, a “dinamizar la ocupación hotelera”, a “darle un aire a las marinas” y al turismo formal de playa.

Que ha sido muy fuerte el golpe bajo propinado por la pandemia a la economía, al aparato productivo y al empleo en su conjunto, al igual que a la pequeña y mediana empresa y al comercio en todas sus variables, no es asunto tan de poca monta que la historia o colombiano alguno vaya a ignorar y a pasar por alto. De tal todos somos conscientes.

Pero de ahí a exponer, vía tierra y cielos, puertos y aeropuertos abiertos, la vida y la salud de todos los colombianos, unos más que otros por su condición socioeconómica, demanda del presidente Duque y del ministro de Salud cabeza bien puesta, mano firme y corazón imparcial, pues será a ellos a quienes corresponda, en el ámbito político y sanitario, imponer las medidas que conduzcan a la reapertura de aeropuertos, puertos y terminales terrestres, con la consecuente responsabilidad moral que tales medidas conllevan.

Por supuesto que hay que procurar mantener a flote la economía local, igual que lo han hecho las economías ricas, medias y pobres de otras naciones afectadas como nosotros, o en mayor proporción, por la pandemia, pero no a costa de cielos y fronteras abiertas, de fábricas, comercios, playas, centros turísticos, hoteles, estadios, casinos y bares abiertos y sin control sanitario alguno y con la más relajada permisividad.

Cuando así ha ocurrido, el efecto ha sido altamente contraproducente en el circuito económico, humano y sanitario: no ha aumentado el empleo, ni ha crecido el PIB, ni se han reducido los contagios y las muertes Para muestra, la Unión Americana: EE. UU., nuestro espejo inmortal, récord en muertes, récord en contagios, récord en pérdida de empleos (44 millones a la fecha), crecimiento exponencial de la pobreza, disminución de la calidad de vida, explosión de la violencia racial y política, entre tantos agravantes.

Si bien la “reactivación gradual de ciertos sectores productivos” contribuyó a disminuir la pérdida de empleos en el mes de mayo con relación a abril, según un periódico regional, no es menos cierto que el incremento en el contagio y muertes por el COVID-19 fue escandalosamente mayor en ciudades como Barranquilla y Cartagena, en las cuales aún no se ha podido bajar, en proporción a los empleos dejados de perder, la curva ascendente de muertes y contagios.

Pero no importa, primero está la reapertura del Aeropuerto Rafael Núñez, del Ernesto Cortizos, de las marinas, los hoteles, el turismo formal y el “bollero” y de cuanto colectivo susceptible de contagio, trasmisión y muerte por coronavirus pueda ser objeto de reactivación económica para combatir la recesión, el desempleo, la inflación a la baja (¡¿?!), el estancamiento del aparato productivo y del comercio.

Y de paso, de la reactivación de la curva por contagios y muertes, de la demanda de ataúdes, fosas en los cementerios, coronas y veladoras…

* Poeta.

@CristoGarciaTap

Comparte en redes: