Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Cuál modernización?

Leí con atención el texto de James Robinson, “¿Cómo modernizar a Colombia?”, publicado por este diario el 13 de diciembre.

Ya se sabe: los trabajos periodísticos son flor de un día, y uno siempre trata de torcer la barra para hacer clara su posición. Pero aún teniendo en cuenta esto, me parece que el artículo se basa en tal cantidad de supuestos erróneos y de problemas de argumentación que es necesario responderle.

Según Robinson, lo mejor que puede hacer Colombia para modernizarse es ignorar el problema de la redistribución de la tierra y apostarles a políticas como la educación. Como lo entendió Vicente Castaño, la manera de pacificar al campo es llevando a las élites a invertir. Por el contrario, apostarle a una reforma agraria es empujar a un juego de suma cero, costoso y desestabilizador, tal como lo muestra la experiencia internacional. Creo que este es un resumen justo de la tesis central del texto, pero el lector puede ir directamente a la fuente en http://bit.ly/1uXhHw3

¿Qué problemas le veo a esto? Muchos, y sólo tendré espacio hoy para tratar unos pocos, lo cual me dará un pretexto para volver sobre el tema. En primer lugar, el recuento de la experiencia internacional que presenta Robinson es un caso típico de lo que en inglés se llama “cherry picking”, es decir, de escoger lo que casa con lo que se está afirmando y desechar lo que podría interpretarse como evidencia contraria. Ofrece el ejemplo de las islas Mauricio y de Barbados (éxitos SIN reforma), así como de Zimbabwe (fracaso CON reforma). Pero no dice nada sobre los éxitos espectaculares con reforma (Corea del Sur, Taiwán y varios más), así como de fracasos sin ella (¿Haití?). Tampoco se refiere a textos recientes que ya son referente obligado para evaluar las perspectivas de las reformas agrarias en el mundo en desarrollo y que hacen un análisis equilibrado y serio de ellas. El resultado de dicha evaluación es relativamente simple y claro: hacer una reforma es difícil, pero si la operación se corona con éxito los efectos en términos de la cantidad y calidad de desarrollo pueden ser muy grandes.

Tampoco es terriblemente convincente la sugerencia de que las políticas que generan situaciones de suma cero son necesariamente inviables o erróneas. A veces hay que darse la pela (como lo ilustra el caso de Estados Unidos, que Robinson presenta como si llevara agua a su molino). Y los costos de no hacerlo pueden ser muy grandes.

¿Será que, como lo dice Robinson, la reforma agraria es una especie de complot de las élites colombianas para tener a la mano fuerza de trabajo barata? Si uno evalúa la sugerencia con apenas un poquito de escepticismo sano, sólo puede arribar a una conclusión: se trata de una especulación abrumadoramente inverosímil. Pero, como dice el mismo Robinson, el problema no es llevarles la contraria a las élites o “joderlas”. Le respondería entonces recordándole que hay una especie de ley de Murphy sobre ellas: siempre va a haber alguna que esté contenta con lo que uno esté haciendo o diciendo. El problema no es si apoyar inconscientemente o no a las élites —en Colombia son muchas, y muy diferentes entre sí—, sino con cuál élite se alinea uno. Dime con qué élite andas y te diré quién eres. Robinson se decantó por Vicente y sus amigos, cosa que lamento. Tendría a la mano muchas mejores escogencias.

Hay numerosos temas que dejo en el tintero —la errónea caracterización de la historia de la ANUC, la evaluación positiva del “modelo Vicente”, el asunto de la “voluntad política”, la crítica al modelo de paz territorial— y que vale la pena mirar con más detenimiento. Por el momento, celebro con entusiasmo las excelentes noticias de fin de año (cese del fuego unilateral e indefinido declarado por las Farc, acuerdos Cuba-EE.UU.). ¡Felices fiestas!

 

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