Por: Cristo García Tapia

¿Cuál retorno de la guerra?

Cuál retorno de la guerra, si nunca, en 50 y más años, se ha ido.

Siempre ha estado aquí, merodeando, saltando de un lugar a otro, multiplicada en feudos y facciones; en frentes, disidencias y coincidencias, para sacar, quienes la promueven e invierten en ella, el máximo y todos los provechos que de tan productivo emprendimiento pueda derivarse.

Que la guerra que ahora va a librarse entre la guerrilla de la Segunda Marquetalia y las Fuerzas Armadas, dicen, será “distinta”, con “nuevos jefes” y “nuevos horizontes”, con “retaguardia estratégica en Venezuela”, es asunto que no va a cambiar las dinámicas morbosas de una confrontación armada que, si bien en su acontecer de medio siglo ha tenido picos favorables a uno y otro de los contendientes, históricamente no registra vencedores, vencidos ni rendiciones. Ni acuerdo de paz alguno que se haya cumplido.

Y sí, un efecto catastrófico como evento perturbador de la convivencia humana, social, institucional, política y cultural; una desintegración del territorio, de la economía, del crecimiento y el desarrollo de la nación colombiana en su conjunto.

Cualquiera sea el grado de intensidad de esta guerra, guerrita cansona y aburridora la llama un compadre mío de sacramento, no deja de ser una calamidad que altera y disocia cuanto toca el fragor de los combates, el calibre de sus morteros, las bombas que dejan caer aviones y helicópteros, la muerte de soldados y guerrilleros, y tantas y tan dañinas e imborrables secuelas que deja la guerra, no son para echar por la borda los esfuerzos inerciales que se intentan para pararla, los recientes y pasados, cuyo desenlace es siempre el incumplimiento de lo pactado y acordado, el asesinato selectivo o el genocidio sistemático de los del bando al que se le da el carácter de vencido por el hecho de haber depuesto las armas o comprometido unilateralmente a reparar a sus víctimas.

En tanto cuando de encaminarse por las andaduras de la paz se intenta con el fin de espantar los tremores de la guerra, nada diferente de cuanto registra la historia de Colombia en los anales de esa larga, sangrante lastimadura de la vida nacional resulta, y si llegase a ocurrir es fugaz y más contundente y artero el golpe a preparar y asestar a tal intento.

Vale decir, más profundo el despeñadero adónde van a dar esos buenos augurios, más efectivo el mensaje contra la convivencia y la inclusión, más grandes y seguras las trampas que se urden para atrapar a quienes se aventuran y exponen, de uno y otro bando, por el peligroso, ¿?, ese sí del infierno, camino de la paz, sus estaciones, puentes y puntos de encuentro.

¿Qué tal esto?

“…el Gobierno colombiano debería pedirle a los Estados Unidos que le dé un ultimátum al dictador, pues se pone en peligro la seguridad nacional de nuestro país. Mientras estén en Venezuela, las autoridades no podrán combatirlos como corresponde”. (Felipe Zuleta Lleras, El Espectador, domingo 1 de septiembre de 2019).

Ni a Estados Unidos, ni a Cuba, ni a Noruega, ni al Vaticano, ni a los Emiratos Árabes, tiene el Gobierno de Colombia que pedirle intercesión para que abogue por nuestra soberanía.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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2019-09-04T11:00:10-05:00

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