Por: Columnista invitado

Cuando Catalina Ruiz Navarro desvió el debate

Por Juan David Torres Duarte*

En el debate sobre el supuesto machismo de García Márquez y su obra, Catalina Ruiz Navarro ha determinado que las estrategias más pertinentes son la especulación y la distracción. En su primera columna, publicada la semana pasada, afirmaba sin sustento que García Márquez era la cabeza de un patriarcado sin vergüenza y que en su obra las mujeres eran sólo “madres, musas o mozas”. Tras una respuesta que publiqué días después, Ruiz Navarro replicó ayer con otra columna que deambula por ámbitos que, aunque son ciertos a primera vista, no tienen una relación directa con el debate ni prueban sus afirmaciones. Su salida en falso no permite ver los frutos de sus diez años como columnista ni de su maestría en literatura, dos títulos que, aunque no venían al caso, ella se encargó de recordar en una declaración por redes sociales.

En el primer párrafo de su columna, que le hace honor al caos primigenio, afirma que la reacción que produjeron sus palabras (“para mí, inesperada”, escribe) se debe a que ella tuvo la valentía de encarar a “los toros sagrados” de la literatura. Como nadie toca ni puede tocar a aquellos toros sagrados, y ante semejante afrenta, la pedrea pública era apenas natural (una pedrea que, por lo tanto, la convierte en víctima). Sin embargo, ya desde ese momento Ruiz Navarro está equivocada porque ella supone que su alegato sin fundamentos constituye una crítica y da por sentado que la respuesta ante sus palabras se debe a que atacó a “los toros sagrados” y no a su falta de argumentación.

Hay que dejarlo todo claro: es válido y necesario repasar las figuras literarias, encontrar nuevos acercamientos críticos y conformar una nueva lectura de su obra. Sin la crítica —como apuntan Coetzee en su libro de ensayos Costas extrañas y Woolf en su ensayo dedicado a la lectura—, la literatura no vive ni se renueva. Pero lo mínimo que se exige a la hora de pergeñar una crítica es un sustento firme, y entre más grande e impactante sea la acusación, mayor debe ser la calidad de las pruebas. Para utilizar los términos de Ruiz Navarro, decir que García Márquez y su obra eran machistas sin probar ninguna de esas afirmaciones es un acercamiento ingenuo que no merece ni siquiera el título de hipótesis. Es un absurdo.

Lo mejor, entonces, sería aplicar el método adecuado a sus propias palabras. Es decir, desglosar sus pruebas, que son dos y son bastante pobres. La primera es una cita de una columnista que dice que otra persona escuchó a García Márquez decir una frase sobre feminismo que lo dejaba mal parado. La segunda, que aparece en su columna reciente, es que García Márquez hacía parte del Grupo de Barranquilla y, como todos provenían de la Costa Caribe, significa de entrada que eran machistas.

En el primer caso, hace falta más que una prueba de tercera mano, casi un rumor, donde la columnista citada reconstruye un diálogo sin citar una fuente documental ni haberlo atestiguado (casi rozando la ficción), para darle piso a la afirmación de que García Márquez era machista. En el segundo, se trata de un prejuicio, pues afirmar que todos los hombres que viven en la Costa Caribe son machistas porque la cultura es machista es reafirmar un estereotipo y eludir sus muchos matices. Ruiz Navarro alienta con sus afirmaciones un estereotipo mientras, al mismo tiempo, dice derrumbarlos en sus columnas de opinión y su trabajo periodístico.

Supongan que, en efecto, García Márquez era machista porque nació en Aracataca. Incluso como análisis biográfico, esa conclusión resulta pueril: si bien García Márquez nació en ese pueblo de la Costa y pasó algunos años de su juventud entre Cartagena y Barranquilla, luego viajó a Europa, recorrió medio mundo, vivió en Venezuela y en Barcelona y se afincó en Ciudad de México. ¿Qué pasa con toda esa experiencia de vida? ¿Todos los hombres y las mujeres están, simple y llanamente, determinados por el lugar en el que nacen y condenados a nunca cambiar? Para argumentar sus desatinos, Ruiz Navarro acude a más desatinos.

Aún si quiere probar que García Márquez era machista, Ruiz Navarro procede al revés: forja una tesis para encontrar después las pruebas. Desde el principio está viciada su pregunta de investigación (un método elemental para quien ostenta una maestría en literatura). Es evidente su ligereza de método. Nunca se pregunta, por ejemplo, en qué yace el machismo de su obra: ¿está en la representación, en la construcción de sus personajes, en la fragilidad de sus personajes femeninos? Si está en la representación, en el hecho de, por ejemplo, poner a sufrir a la Cándida Eréndira ante su abuela desalmada, ¿es justo culpar al escritor por esa representación? ¿Su análisis no proviene de la observación de la sociedad? Y si se trata de que los personajes están mal construidos, ¿por qué nunca lo prueba con citas explícitas de las obras, con un estudio sesudo de cuántas páginas están dedicadas a los personajes femeninos y qué aspectos de su personalidad son explotados —o desarrollados con pobreza— para darles tres dimensiones y hacerlas personajes vivos? Cuando se hacen relecturas de las ficciones del pasado, ¿por qué desaparecen las mujeres y en cambio el Olimpo se llena de hombres? ¿Las únicas razones por las que cada época olvida unas obras y glorifica otras provienen del género? Y si vamos a hablar de “contextos de producción y consumo”, ¿qué tal si hace algo más que sólo nombrarlos y encuentra los matices de combinación entre ambos espacios? Y si seguimos con el tema que levantó el debate en principio, ¿es justo juzgar la obra de un escritor o de cualquier artista bajo criterios que pervierten los significados literarios y los transforman a conveniencia? Si se somete a una evaluación desde la crítica feminista, ¿qué criterios habría que usar? ¿Esos criterios permitirían dar cuenta del valor literario global de esa obra?

Ruiz Navarro tuvo dos columnas para responder todas estas preguntas y nunca lo hizo. Pese a todo, insiste y termina el primer párrafo de su última columna con esta afirmación: “Pero (García Márquez) sigue siendo machista, y esto no es más que un señalamiento obvio”. No es obvio si no existen pruebas. De las obviedades nacen los prejuicios. Mientras no existan pruebas, se llama especulación, un ejercicio por completo opuesto al periodismo. Un ejercicio de irresponsabilidad.

Después de ese primer párrafo, la columna comienza a dar tumbos desesperados. Primero, afirma que el sistema literario excluye a las mujeres y que el canon está conformado por hombres (que es cierto, pero evade la pregunta central del debate); que al sistema literario sí le importa quién escribe (una afirmación errónea que confunde el sistema literario, su aparato de distribución y expansión, con la literatura misma); que García Márquez “no parecía ser consciente de sus privilegios literarios” (pasó de la afirmación inclemente al “parecía”, porque Ruiz Navarro parece saber todo sobre la intimidad de García Márquez salvo si reconocía sus privilegios), y que no se debe leer “sin cuestionar por qué y quién decidió que unas obras sean ‘grandes’ y que otras no” (una afirmación cierta que encuentra una respuesta frágil e incompleta en los cuestionamientos de Ruiz Navarro).

Tras sus merodeos sin rumbo, entre los cuales recuerda que García Márquez recibió el Nobel en un liqui liqui porque era consciente de los “juegos de poder” del machismo, Ruiz Navarro vuelve a los postulados de su primera columna, aunque ahora de manera velada: “Los productos culturales —escribe— vienen de una conversación constante con la sociedad que los produce: reflejan sus vicios y virtudes y también los promueven y los reproducen”. Las dos palabras claves son las dos últimas: promover y reproducir. ¿Eso quiere decir que cuando Hemingway, en Por quién tocan las campanas, muestra el asesinato múltiple de un grupo de fascistas que son echados a un barranco tras ser vapuleados con rastrillos y palos, está promoviendo y reproduciendo —es decir, multiplicando— la violencia? Si seguimos esa idea, ¿no sería más útil y bueno y conveniente que ese tipo de retratos no existieran o que fueran vedados o que fueran reformados porque “promueven” valores indeseables? La idea de la promoción, que implica aprobación por parte del autor, es absurda: un autor puede estar en desacuerdo con aquello que representa y, de hecho, al representarlo puede someterlo al escrutinio de la imaginación, que es crítico y pertinaz. ¿No es evidente que existe, de nuevo, una falencia en la argumentación que utiliza Ruiz Navarro, en las bases de sus ideas, y que además no tiene ningún problema en seguir camino sin preguntarse nada?

Por eso, las columnas de Ruiz Navarro son el ejemplo más débil de una supuesta crítica feminista, le hacen un flaco favor a cualquier intención seria de criticar la obra de García Márquez desde el feminismo y de paso juegan en contra de una causa justa como la de visibilizar más a las escritoras colombianas. Este era un debate con muchas posibilidades. Pero Ruiz Navarro, que eleva sus propias palabras a un pedestal exagerado, decidió tomar un camino más sencillo y menos sofisticado: el de señalar sin pruebas.

Los yerros, como en su columna anterior, se multiplican. Ruiz Navarro supone que refutarla significa defender un discurso hegemónico sobre la obra del cataqueño. Para ser más clara, Ruiz Navarro debería contarles a los lectores cuál es esa lectura hegemónica (si es que hay una lectura única e irrebatible de García Márquez y no cientos de miles, como lo prueban las publicaciones por doquier sobre su obra) y por qué considera que una respuesta a sus desatinos, sólo por ser contraria a su posición, es de una “arrogancia epistemológica” y un “ensañamiento desproporcionado” y se convierte, de entrada, en un modo del pontificado.

Responder ante sus inexactitudes no significa determinar qué está bien y qué está mal: significa demostrar con hechos comprobables que existen errores que incomodan, desvían o tergiversan el debate. Razonar no es mandar. De hecho, es todo lo contrario: es ponerse en una situación de iguales donde no importan su sexo ni su color de piel, sino sólo sus razones (algo que Ruiz Navarro prefiere eludir porque para ella los títulos académicos son una prueba suficiente de la altura intelectual: “y es qué (sic), qué importa la maestria (sic) en literatura y 10 años con una columna, soy una simple mujer, ¿qué podría yo saber?”).

Una respuesta ante sus desvíos no es, tampoco, una invitación a que cierre la boca. Ruiz Navarro puede seguir “criticando lo que se le dé la gana” y tendrá que esperar, por supuesto, que existan opiniones que estén en desacuerdo y que le exijan una repuesta o la ampliación de sus afirmaciones. Nadie le ha prohibido hablar, y ésa es de nuevo una muestra de su afán por distraer. Sería mucho más retador que Ruiz Navarro sustentara las afirmaciones de su primera columna con base en pruebas verificables, que sostuviera un debate literario certero e iluminador, que desechara los prejuicios fáciles y degradantes y que considerara los alegatos en contra de sus argumentos como una disección de sus ideas y no como una ofensa personal. Cuando, en mi respuesta anterior, escribí que Ruiz Navarro no sabe leer a García Márquez no se trataba de un disparo al corazón ni a su persona: se trataba de un hecho con pruebas. No era un insulto, sino apenas una descripción.

También era descriptivo el hecho de señalar su lectura como moralista. Mientras en su última columna Ruiz Navarro invita a leer a García Márquez con otros ojos, en la primera lo tachaba de mantenido, machista y viejo verde, tres referentes que invitan poco a la lectura y en cambio alientan los prejuicios y las lecturas incompletas de su obra. Ruiz Navarro insiste en que su lectura no fue moralista, aunque al referirse a Memorias de mis putas tristes sólo se interese en decir que García Márquez “tuvo el nervio” de escribirla (en otras palabras, es un descaro que la hubiera escrito y nunca tuvo en cuenta el recato y las buenas maneras) y al describir la obra de Kawabata le dé una relevancia especial al hecho de que algunos viejos verdes “van a restregársele a doncellas dormidas” (una reducción visible y desafortunada de un argumento con más aristas).

La intención y el tono de ambas descripciones son específicas: buscan que el lector comprenda que esas obras hablan de aberraciones y que esas aberraciones las escribieron dos machos —con sus privilegios y sus intenciones inconscientes de utilizar esos privilegios para reproducir y promover las violaciones y la pedofilia— y que, por haberlas escrito, esos machos deberían ser condenados o al menos releídos (bajo categorías actuales, un método que le parece bastante justo), no para encontrar aquello que está en las páginas, sino para reforzar tesis prejuiciosas. Leer para no leer. Recordemos las palabras que usa en ese párrafo que no supera las 150 palabras: “adorado” (con el tono satírico que le corresponde), “machista”, “mirada predadora”, “verde vejez”, “tuvo el nervio de escribir”, “irrespeto simbólico” (hacia su esposa por escribir una novela), “viejos verdes impotentes”, “restregársele” y “violaciones”. El tinte moral en la organización y composición del texto es evidente y no permite diferenciar los argumentos de Ruiz Navarro del alegato de alguien que ve en la calle a una mujer con falda corta y se queja porque eso es un irrespeto simbólico del buen gusto.

García Márquez no fue un genio impoluto. Refutar una lectura sobre su obra que hiede a moralismos no equivale a esculpir una estatua en bronce a su perfección humana ni literaria. Es pedir que se lo juzgue en sus justas proporciones. Si Ruiz Navarro va a atacar a un león, no puede atacarlo con un par de pinzas. Pese a todo, al final de su última columna, dice algo certero: “Para tumbar al patriarcado también se necesita conquistar la imaginación”. En su caso, sugeriría que reemplazara imaginación por argumentación.

*Periodista de El Espectador.

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