Por: Ricardo Bada
Yo soy como el picaflor

Cuando el asesino es el Estado de derecho

En Alemania hay un núcleo de ciudadanos que están de manera entusiasta a favor de la pena de muerte.

Tres efemérides de este año están relacionadas con un tema tan controvertido como lo es la pena de muerte. Hace 90 años, el 23 de agosto de 1927, fueron electrocutados en EE. UU. los anarquistas italianos Sacco y Vanzetti. Hace 40 años, el 10 de septiembre de 1977, tuvo lugar la última ejecución con la guillotina en Francia, país donde el artefacto letal debutó en la historia hace 225 años, el 10 de septiembre de 1792, inaugurando el Reinado del Terror. Y vean por qué traigo a colación estas fechas.

En Alemania hay un núcleo de ciudadanos que están de manera entusiasta a favor de la pena de muerte. Son turcos, muchos de ellos con pasaporte alemán, que apoyan indiscriminadamente la política autoritaria de Erdogan, el actual presidente de Turquía.

Quien no hace un secreto de que cuando acabe de apropiarse del poder, propondrá al Parlamento vasallo —rendido a sus plantas— la reinstauración de la pena capital.

Ya lo he vivido en la ciudad donde resido, el 31 de julio del año pasado: una manifestación de 40.000 erdoganistas fanatizados que esa tarde, a la sombra de la catedral de Colonia, corearon su deseo de que en Turquía se restablezca la última pena.

¿Carecen hasta tal punto de fantasía que no son capaces de imaginar qué pasaría con una manifestación similar en Estambul en contra de ella?

Me recordaron a los españoles impresentables y cerriles a machamartillo que aclamaban al Borbón de turno al grito de “¡Vivan las cadenas!”. Y por lo demás, fuimos muchos los que nos preguntamos si no habría que encerrar a quienes fueron a esa manifestación en una clínica psiquiátrica: ¡se manifestaban a favor de que en Turquía no haya libertad para manifestarse! Lo malo del caso es que el mundo no dispone del número suficiente de cretinomios para encerrar a todos los imbéciles que lo pueblan.

Ese día volví a releer un poema de Alden Nowlan, encontrado en una antología de poesía anglocanadiense debida al poeta canario-alemán Bernd Dietz Guerrero. En sus versos creo que se expresa de una manera dura y elocuente la repulsa ante el crimen cometido en nombre del Estado de derecho. Dice ese poema, titulado La ejecución:

“La noche de la ejecución / un hombre que estaba a la puerta / me confundió con el juez de instrucción. / ‘Prensa’, dije. / Pero no comprendió. Me condujo / a la habitación equivocada / en la que el sheriff me saludó: / ‘Llega tarde, padre’. / ‘Se equivoca’, le dije, ‘Soy la prensa’. / ‘Sí, por supuesto, el Reverendo Laprensa’. / Descendimos unas escaleras. / ‘Ah, Mr. Ellis’, dijo el Suplente. / ‘¡Prensa!’, grité. Pero de un empujón me hizo pasar / a través de una cortina negra. / Las luces eran tan brillantes / que no podía ver las caras / de los hombres que estaban sentados / enfrente de mí. Pero gracias a Dios, pensé, / ¡me pueden ver! / ‘¡Miren!’, chillé. ‘¡Miren mi cara! / ¿Es que nadie me conoce?’. / Entonces una capucha me tapó la cabeza. / ‘No nos lo haga más difícil’, susurró el verdugo”.

Y hoy, al refrescar ese recuerdo, pienso en los periodistas, docenas de ellos, que están en las mazmorras del sátrapa de Ankara, en espera de unos juicios apañados por unos delitos que no han cometido. Muchos “reverendos Laprensa”, demasiados.

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